Tenemos un nuevo elemento en la vida social: internet, cuyos tentáculos de la hiperconexión tocan casi todos los aspectos del mundo. Tras miles de servicios e innumerables horas de ocio se esconde el Big Data, un concepto que puede ser entendido por las acciones de las grandes tecnológicas y empresas de márketing con su ya tristemente famosa recogida de datos.
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Toda la información que recopilan sobre nosotros sirve para generar patrones. Si ves A es que probablemente te guste B, si haces clic en B confirmas la primera acción, y sobre ti se abren las siguientes opciones cuyas similitudes trazan un pequeño perfil psicológico. De eso se nutren los actuales algoritmos. Al fin y al cabo somos nosotros mismos ante la pantalla y navegamos entre aquello que realmente nos atrae consciente e inconscientemente. Nuestros impulsos, gustos e instintos se materializan en clics, suscripciones, cuentas, likes y compras. Son estos perfiles y patrones los que se buscan con el fin de hacer más productivos los negocios… y puede que algo más.
Esta mecánica es clave en el modelo económico que ha sido bautizado por la socióloga Shoshana Zuboff como «capitalismo de vigilancia«, ya que basa su éxito en los datos recogidos de todas las personas que se conectan a la red y distintos servicios. Cuanta más recolección más ventas o apoyo de patrocinadores, por tanto es una explotación de las personas en su ámbito personal, derribando los muros de una intimidad que ahora llamamos «privacidad». Están recogiendo información sobre nuestras vidas a partir de nuestra trazabilidad, de nuestras rutinas, para sacar rédito económico.
Y con todo esto me surge una pregunta: si el análisis de tantos datos y la creación de perfiles pueden generar una idea detallada de nuestro comportamiento, ¿eso quiere decir que pueden predecir y coartar nuestras acciones hasta cierto punto? No es una locura si tenemos en cuenta ejemplos como la previsión y manipulación de voto e ideas políticas con el escándalo de Cambridge Analytica, o cuando vemos recomendaciones y sugerencias demasiado acertadas en anuncios. No es magia, es psicología. Y si es psicología hay condicionamiento, y el condicionamiento es parte del márketing.
Una vez condicionados, atrapados por las cosas que nos atraen, seremos capaces de repetir patrones predecibles. Los algoritmos y servidores son los nuevos oráculos. ¿Qué no se podría hacer con toda esa información recolectada? ¿De verdad vamos a seguir consintiendo que nuestro ethos quede perfilado en sus bases de datos? ¿Tan seguros estamos de que no nos afecta? ¿Realmente nos da igual que hagan dinero con algo tan sensible?
Siempre que pienso y escribo sobre estos temas me siento como un conspiranoico, pero es que nunca antes esto ha sido tan real y con un alcance tan preocupante. Ya vivimos en el punto donde la ficción y la realidad se difuminan en este ámbito, y mucho me temo que seguirá si la recolección de datos no es regulada exigiendo un marco de privacidad respetuoso con el usuario. Debemos minimizar el riesgo que supone semejante práctica para la seguridad individual y colectiva a todos los niveles.
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Imagen: Rawpixel / Dominio público