En 2006 (creo) me regalaron un disco duro externo especialmente enfocado al multimedia. Era un aparato bastante tosco en forma de torreta, con toma de corriente, un par de USB y conectores RCA (ni siquiera tenía HDMI). Lo usaba para todo tipo de copias de seguridad, aunque muy especialmente lo llenaba de música, fotos e incluso películas y series. Fue un gran aliado en tiempos donde internet era tan lento, y aquella unidad portátil de alta capacidad me hacía parecer el rey del mambo. Era un disco de 500 GB, que por aquel entonces cundía mucho, y fue mi búnker personal para meter las cosas más valiosas.

El paso del tiempo, la manipulación constante e incluso la humedad no le sentó nada bien, así que un buen día, hace casi 13 años, dejó de funcionar. Consciente de que debía ser un tema de la carcasa y sus conexiones lo desmonté para extraer la enorme unidad Seagate de 3,5 pulgadas que había en su interior. En aquellos momentos no tenía un conector SATA con cable de corriente auxiliar, ni pude conseguirlo por motivos que ya ni recuerdo. El caso es que, cuidadosamente, lo envolví y lo metí en una buena caja de cartón, esperando que algún día pudiese acceder a él de nuevo: allí tenía material que no guardaba en ningún otro sitio, casi todas las fotos de mi juventud, muchas de mi fallecido abuelo y otras tantas muy antiguas de la familia que habían sido escaneadas. También tenía toda mi colección de discos y películas favoritas hasta entonces, e incluso cosas que hoy están en la frontera del lost media.
Hace unas semanas tuve un asunto que me obligaba a buscar unas fotos perdidas: estaban en ese disco «olvidado», esperando pacientemente. Me tomé en serio el hecho de recuperarlas, y ahora que el comercio online pone las cosas muy fáciles por fin compré el conector que necesitaba. Creía que el disco no iba a funcionar por la humedad o tendría datos corruptos, pero nada más conectarlo a la corriente escuché feliz el traqueteo de las piezas mecánicas internas. ¡Funcionaba! Todo estaba en orden y el contenido parecía intacto, así que buceé en él durante un par de horas.
La cantidad de cosas que allí había me sorprendió, se contaba por miles y miles. Parte del secreto residía en que esos archivos tan antiguos no siempre tenían la calidad de ahora, así que pesaban mucho menos y los 500 gigas de capacidad parecían eternos.
No solo conseguí lo que buscaba, sino que redescubrí un montón de material del que ya ni me acordaba. Eso me llevó a rescatar viejos vídeos que hacía con los amigos, y obviamente se los enseñé en una quedada posterior. La expectación fue tanta que los vimos en grande con un proyector entre carcajadas y comentarios. Un gran momento en pandilla en el que acabé haciendo unas copias para los demás… así que ahora esos recuerdos están en más y mejores manos.
Esta pequeña anécdota me hizo valorar aún más las copias en físico y cómo son mejores que la nube en muchos aspectos. Ahora naturalizamos tener nuestras cosas en algún servicio que, al final, se paga con privacidad y necesidad de conexión permanente a internet. Ya no las poseemos a cambio de que estén ahí «siempre», en una ilusión que se viene abajo ante cualquier contratiempo del que, seguro, no tendremos ninguna posibilidad de control. ¿Y si hay fugas de información o robo de datos? ¿Y si desaparecen por alguna política, cambios de legislación/mercado o incluso por el cierre del servicio? ¿Y si no podemos acceder a ellas por falta de conexión a la red?
Un medio físico propio para esas cosas le da valor porque realmente son nuestras, están ahí a pesar de todo y su manejo puede ser tan privado como nosotros queramos. Es una especie de caja fuerte donde aún se conserva esa expectación al abrirla, y aunque somos responsables de su cuidado sin duda ofrece muchas ventajas. Quién sabe, hasta podríamos tener material que no se encuentra fácilmente desde hace tiempo y existe gente ahí fuera que estaría interesado en conseguirlo.
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Foto de benjamin lehman en Unsplash
Esos discos mecánicos viejos suelen dar muchas alegrías…..
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A mí este me dio una muy grande, desde luego.
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Caso idéntico con un Conceptronics. Pero en mi caso, acabé perdiendo toda la info. Ahora tengo un Nvme de 2Tb conectado al router y estoy sopesando montar un nas con TrueNAS.
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También pensé en un NAS doméstico, aunque en mi caso alguno de una marca conocida. Los hay bastante buenos que además tienen su propia app para el móvil, aunque no descarto algo más casero si mis conocimientos lo permite.
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Hermosa cápsula en el tiempo te armaste casi sin querer. Como enterrar algo y desenterrarlo años después.
Con lo físico soy más reservado. Es decir, si al formato físico pero con Backup en la nube (y viceversa). Como un espejo.
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Exacto. La nube es un apoyo del físico, o al menos debería serlo para ciertas cosas. Hay formatos físicos que se degradan bastante o son sensibles, y por eso no hay que confiarse tanto.
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[…] El búnker de 3,5 pulgadas […]
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