Las asombrosas aventuras de Windows, el cadáver andante

Windows es una de las grandes chapuzas tecnológicas. Puede que como usuario de Linux mi opinión no sea del todo imparcial, pero si me mudé al mundo libre del pingüino hace ya 18 años fue, en parte, consecuencia del descontento continuo que tenía con el sistema de Microsoft. Inconsistente, ineficiente, vacilón y problemático, Windows parece que aglutina las cualidades del peor alumno de una clase en todos los sentidos. Un producto extraño que sólo podía tener éxito con las prácticas empresariales más matonas del lugar, y que le ha llevado a donde está hoy.

Nacido para competir en unos frenéticos años ’80 donde el mercado del software desplazaba a los gigantes del hardware, su historia es una aventura de robos, compras, prisas y copias. En aquella década su interfaz gráfica no era más que un programa para manejar cómodamente MS-DOS, intentando competir con otros productos como el reputado Macintosh de Apple. Se ha escrito mucho sobre esas historias, aunque existe un telefilme de culto llamado Piratas de Silicon Valley (1999) que me parece de obligado visionado para todo friki decente, una peli muy divertida y documentada que se centra en la batalla de Steve Jobs vs Bill Gates.

Este pequeño Frankenstein digital consolidaría su posición en los ’90 con la versión 3.1 (que incorporaba diseños de Susan Kare) y sobre todo con Windows 95, cambiando para siempre la definición de «sistema operativo». Luego vendría el resto: el también exitoso 98, el infame Me, el mítico XP, el denostado Vista, el querido 7… Su currículum de lanzamientos es un meme continuo que parece no tener fin.


Tampoco tiene fin su historial de fallos y problemas acumulados durante años. Pocas veces se tomaron realmente en serio depurar el código o hacer un buen trabajo de lanzamiento, a excepción de los decentes Windows XP y Windows 7. Todos hemos sufrido alguna vez los desastres de Internet Explorer (que tanto daño causó a la Web), la famosa pantalla azul de la muerte, los cambios en Regedit, los virus o los bugs gratuitos que echan a perder el sistema. Windows nunca fue, por lo general, una garantía de estabilidad. Ningún sistema está libre de fallos, pero el de Microsoft es especialmente propenso a ellos.

Pero aún con todo sigue ahí, escondiendo los problemas bajo la alfombra. A pesar de su hermetismo, de su mala fama, de su desastroso sistema de actualización, de sus problemas de seguridad y de su atraso tecnológico, muy a nuestro pesar sigue en pie. Bajo la apariencia moderna que luce hoy en día sigue oliendo a naftalina, a un armario con polilla. Windows es un cadáver andante que sólo puede levantarse con mucho empeño y buenas dosis de nigromancia empresarial (tratos con fabricantes, abuso de posición dominante, requisitos de hardware inflados, etc).

Actualmente lo uso en el trabajo (en sus versiones 10 y 11) y con eso basta para que me siga dando una pereza enorme. No sólo me parece incómodo de manejar o configurar, sino que ya he perdido la cuenta de las veces que hemos llevado los ordenadores a reparar por algún problema de software. Incluso hay un equipo que activa y desactiva su licencia según sople el viento, y es probablemente una de las cosas más raras que me he encontrado.

Con todo eso me sigo preguntando cómo es posible que al resto de los mortales le parezca difícil usar Linux, cuando Windows es tan confuso que ni siquiera ha conseguido deshacerse del viejo Panel de Control. La clara muestra de cómo la inercia social corona a un producto mediocre, y cómo se plantea al Mac como única opción alternativa. Sin duda un síntoma de la poca cultura tecnológica e informática que tenemos, así como de la dejadez en los colegios y universidades para enseñar una materia tan importante.

¿Por cuánto tiempo seguirá esta broma de mal gusto?

Imagen: Wikimedia / Dominio público

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