Las pantallas y los sistemas operativos en los coches no es algo exclusivo de los modelos eléctricos, ya que llevan unos años entre nosotros, pero los EV se han convertido en el estándar sobre el futuro de la automoción. Su adopción plantea multitud de problemas aún por resolver que golpearán tarde o temprano, pero poco se habla del detalle crucial que los diferencia del resto de coches: el software.

Por muy amante del minimalismo que me considere, la tendencia de abandonar los botones físicos en los coches para ubicarlo todo en una pantalla táctil me parece terrible para la usabilidad y la seguridad: si quieres cambiar algo en marcha te obliga a quitar la atención de la carretera, mientras que los botones físicos de toda la vida permiten manipularlos a ciegas. Por otro lado, centralizar todo en esa consola permite configurar el coche, conectarlo al smartphone, tener nuevos sistemas de seguridad, conexión a internet y servicios de música o vídeo. Todo pasa por un sistema operativo que debe manejar todos esos datos, muchos de ellos personales y sensibles a la privacidad. Los hackeos a los coches empiezan a ser reales, de igual forma que los talleres necesitan acceder y manipular el software para hacer cambios o comprobaciones rutinarias. La cosa no termina ahí cuando sabemos que los fabricantes exploran posibilidades para bloquear o desbloquear funciones según el modelo del vehículo o alguna suscripción de pago, así como de retirar la garantía si el sistema se manipula. Los SO dentro del coche abren las puertas a la cansina deriva que están tomando los productos digitales de los últimos años.
Android Auto o CarPlay hicieron bastante bien a la hora de estandarizar el software en los vehículos, ya que éste era demasiado caótico antes de su llegada, pero supone confiar en ellos como productos traídos desde empresas cuyo músculo está en los teléfonos, la fidelización de usuarios y el ecosistema. Por otro lado que cada fabricante tenga su SO no garantiza nada, pudiendo volver al caos inicial y facilitando la posibilidad de despropósitos como el de General Motors, que plantea aprovechar ese control para asegurarse los datos y la manipulación a distancia de la unidades vendidas. Tesla marcó, para bien y para mal, que el coche se convierta en un smartphone más.
El caso de General Motors es interesante porque su modelo de suscripciones va de la mano con el código abierto. Ultifi, el software que se supone eje central de todo el asunto, está desarrollado con Red Hat. Aluden a un sistema más universal y compatible, enfocado a la seguridad, la reducción de costes y el propio valor del código abierto. Todo eso es fácil aceptarlo en la teoría, pero su puesta en práctica es cuestionada en el momento que ponemos los pies en la tierra. ¿Realmente necesitamos y queremos esa conexión permanente? No me resulta nada atractivo que el hecho de conducir esté rastreado de forma continua, y me da igual la excusa de la seguridad o los servicios. Es desproporcionado y redundante tener una y otra vez el mismo paradigma con todos los productos que usamos. Una cosa es la comodidad y la ganancia de funciones, y otra muy distinta esa obsesión porque todo funcione exactamente igual, que todo sea una extensión natural del smartphone y el IOT. Creo que el exceso de digitalización está complicando cosas que realmente deberían ser muy sencillas. Cuando uso un coche simplemente quiero darle a la llave y empezar a conducir, esa es su función. ¿Es necesario que eso (y algún extra) pase por todo un sistema operativo? No sé, Rick…
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