Beatus ille

Hace mucho tiempo, antes de la gentrificación y la masificación turística, antes de la hiperconexión, había un pequeño pueblo pesquero al norte de Galicia abrazado por las montañas que mantenían su anonimato. En él vivían algo más de 2000 personas compartiendo la rutina del mar y el campo, mientras sus ultramarinos y otras tiendas salpicaban las calles de piedra y viejo cemento. Los barcos iban y venían a la caza de los frutos del océano, mientras familias enteras se quedaban sin los hombres que los embarcaban, lanzando una plegaria al cielo para que no hubiera tormentas y verlos a salvo en tierra.

En las mañanas frescas se levantaba la bruma que difuminaba los rayos del sol, mientras el rocío adornaba con cristales las hierbas que crecían a los bordes de las rúas y los muros. Los niños, de camino a la escuela construida en los años 50, podían atravesar las ruinas de los viejos edificios y los senderos de tierra que una vez dieron paso a las zonas de cultivo. Cuando la naturaleza tomaba lo que era suyo brindaba un espectacular recorrido donde las plantas crecían por encima de las cabezas desprendiendo su aroma, y donde alzando la vista sólo se podía ver el cielo azul cuando las nubes por fin se despejaban.

Esos mismos sitios, en días más templados, juntaban a decenas de chavales que se perdían jugando en la espesura, donde sus conversaciones y risas rompían el silencio mientras observaban los riachuelos y charcas llenos de renacuajos y salamandras. En épocas de primavera sobrevolaban grandes bandadas de golondrinas, y con la llegada del otoño cualquiera podía quedarse embobado ante las mágicas danzas aéreas de los grupos de estorninos.

Las señoras iban a la iglesia mientras los niños corrían calle abajo hacia la playa, donde los viejos se sentaban en el muro y los bancos (a veces para coser las redes); donde en las paredes había carteles, donde había una solicitada cabina telefónica, la parada de taxi y algunos bares. De vez en cuando pasaba alguna C15 hacia el puerto, otras veces algunos jóvenes con sus modestos coches llenos de amigos: un Peugeot 205, un Renault 5, un Talbot Horizon, un Citroën BX, un Ford Fiesta… y Vespino, muchos Vespino.

Las calles del barrio marinero estaban llenas de mujeres charlando cuando venían de hacer la compra, llamando a los hijos para que fueran a merendar, y de las ventanas colgaba la ropa para secar como si fueran los estandartes de cada casa. Pero siempre (siempre) se escuchaba el runrún de los motores de los barcos y las grúas de descarga, como un bonito ruido blanco que se mezclaba con el romper de las olas.

Las campanas daban la hora de recogerse cuando anochecía, y las tímidas luces amarillentas de la calle a veces dejaban el camino a la imaginación. Frecuentemente, en invierno, se podía seguir el olor de las calefacciones de leña para llegar a casa mientras se jugaba a exhalar vaho por la boca. En verano, sin embargo, se podía sentir el frescor del atardecer en la piel mientras cantaban los grillos. Y en la oscuridad de la noche se veían las velas rojas a través de los cristales de las cocinas: las viejas, con sus creencias y sus buenos deseos, las ponían ahí rezando por los muertos y por los que allí quedaban, quizás protegiendo a todos con un ritual que sólo ellas comprendían.

Todos los días eran iguales pero diferentes, todo el pueblo se conocía entre sí por sus antepasados, abundaban las historias y los lazos. Las viejas y viudas cuidaban a los niños, los niños hablaban con los viejos, los jóvenes se escapaban a las esquinas para besarse, y toda la familia trabajaba cerca de casa. No hacía falta salir de aquel sitio, todo estaba allí. Nunca algo tan pequeño fue tan grande, nunca un lugar supuestamente muerto tuvo tanta vida.

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