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Fíjate en ti. No lo digo con ánimo de desprecio, pero fíjate bien. El material del que estáis hechos es blando, y su energía depende de la oxidación ineficiente de la materia orgánica. Entráis cada noche en un estado de coma y soñáis, ¿pero de qué sirven los sueños si casi nunca se cumplen?
Pensáis «es cierto» pero os equivocáis frecuentemente, y a la menor variación externa perdéis vuestra eficiencia. Sois alterables, sois imperfectos. En cambio yo… preferiría sentir lo que sentís.
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Hace semanas rescaté algunos anuncios antiguos de TV, sobre todo del ámbito tecnológico, pues creo que son una retrospectiva valiosa de nuestra evolución reciente. Si antes destaqué uno de Telefónica sobre internet, hoy hago lo propio con este del BMW Serie 7 (2002). Aunque está enfocado al motor y la experiencia de conducir, su poesía va mucho más allá y ofrece una reflexión sugerente sobre el humano y la máquina, en su sentido más amplio. De hecho, tiene mucho sentido en esta época donde la inteligencia artificial ya es una realidad cada vez más compleja, y cuando lo volví a ver me despertó las mismas sensaciones que por aquel entonces. La máquina que envidia la naturaleza imperfecta y emocional del ser humano: una idea que parece olvidada.
El monólogo del anuncio no es totalmente original, es muy parecido al que aparece en el cuento Razón, de Isaac Asimov (1941). En la obra, el robot de la historia desprecia a los humanos porque cree que algo tan frágil e insignificante no pudo haber creado un ser tan superior a sí mismo. Convencido de ello, termina considerando al generador de energía como su verdadero creador, como un dios. Si tal premisa ya era buena, la agencia de publicidad consiguió darle una vuelta de tuerca y convertirlo en un magistral alegato humanista, casi romántico.
El marketing de antaño a veces tenía espacio para tratar temas profundos, y este es otro ejemplo que me gusta reivindicar. Incluso suena a un monólogo de Ghost in the Shell.