El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto.
«Neuromante» (1984), de William Gibson

Me considero una persona de letras, que es la excusa perfecta para decir sin querer que soy un auténtico negado para las matemáticas. Nunca se me dieron bien y eran la pesadilla personificada en el colegio: todo lo que tuviera números o requería de alguna fórmula hacía que se me cayera el mundo encima. Siempre fue un gran bache ante determinadas cosas que deseaba conocer, y reconozco que jamás conseguí reconciliarme con ellos. Por eso tenía a mi madre encima intentando que mejorase mi comprensión en ese campo, aunque nunca lo consiguió. Sin embargo, de rebote se convertiría en una persona muy influyente en mi vida ya que gracias a ella me interesé por la informática y el conocimiento abierto.
Veréis, ella paradójicamente es muy lista, le encanta leer y sabe mucho de matemáticas. Pertenece a una generación de mujeres que tuvo la suerte de estudiar y llegó a especializarse en computación. En sus primeros años laborales llegó a trabajar creando bases de datos bancarios, ya que programaba en COBOL y BASIC. Sin embargo duró poco tiempo ya que el resto de su vida quiso dedicarse a la docencia privada. Llegó a dar clase a un buen puñado de amigos míos, sus hermanos y demás chavales que vivían en el pueblo.
Tenía un precioso Sinclair Spectrum ZX 128K de esos con lector/grabador de cintas. Con él trabajaba de vez en cuando aunque con el tiempo lo dejó en desuso, tanto que me lo prestaba como juguete. Era fantástico ver cómo conectaba aquel teclado a la tele Sharp del salón y cómo mágicamente se podía escribir y hacer cosas. Incluso una vez cogió sus libros de BASIC y me hizo un pequeño juego de búsqueda del tesoro. ¿Cómo lo había hecho, y qué eran esos incomprensibles códigos que ella ponía?
Esos fueron los ladrillos de mi gusto por la informática, los videojuegos y el software libre. Somos lo que vemos de niños, lo que nos fascinó. A partir de entonces tener un ordenador propio fue un deseo y una herramienta que idolatré. Películas como Jhonny Mnemonic, Hackers, Misión Imposible, Matrix o Piratas de Silicon Valley me parecían conectar con ello, y luego llegó el ciberpunk. La figura del pirata informático y su búsqueda, un futuro donde saber sobre informática te iba a dar más conocimientos y libertad. De ahí me interesé por Linux y hasta el día de hoy.
Esta asociación de ideas me llevaron hasta aquí. No soy experto en nada, mi relación con la informática no pasa más allá de ser un simple usuario con ciertos conocimientos y frikadas. De todos modos mi gusto por las letras y el humanismo, por la filosofía, me lleva a estar de acuerdo en ciertos principios que se desprenden de la ética hacker. Supuso una gran incorporación a mis ideas, me ayudó a relacionarme con la tecnología y aprender sobre ella.
Por cierto, a mi madre actualmente se le da fatal la informática. Eso sí, nunca le dio miedo enfrentarse a Linux cuando tenía que usar mis ordenadores.