El debate de las inteligencias artificiales está al rojo vivo con posiciones a favor y en contra tanto de su uso como de su entrenamiento. Por otro lado hay quienes exageran mucho con esto y quienes no nos impresionamos tanto, aunque sí que nos decantamos por darle más peso al valor humano e incidir en que la IA es una herramienta y no un milagro. Respecto a eso Alva Majo tiene un vídeo muy interesante sobre las supuestas implicaciones éticas de esta tecnología que debería hacer pensar a más de uno.
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Es innegable que la IA va a ser de gran ayuda en ciertos campos como la programación, donde en lugar de escribir todo a mano ahora lo más rápido podría ser ir generando código mediante prompts, cosa que en cierta manera ya existe en algunos editores cuando éstos ofrecen sugerencias según vamos escribiendo. Eso no evita que el resultado deba ser seleccionado y pulido por alguien experto, pero sería un acelerador en ciertos proyectos con pocos recursos o poco personal. Y aquí llegamos a la reflexión que me interesa: la IA como ayuda a la creación y uso de software libre y recursos abiertos.
No voy a entrar en el tema del entrenamiento de estas redes neuronales, y para eso remito al vídeo de Alva Majo. Lo que sí es cierto es que no copia sino que aprende patrones, y en la mayoría de los casos para mí no supone un problema de copyright o algo así. Ni siquiera tendría que suponer un problema de privacidad siempre y cuando no se entrene con datos sensibles. Por tanto la IA es prácticamente inocua en cuanto a temas de «propiedad intelectual» u «originalidad» y debería ser usada por las comunidades de código abierto para potenciar sus desarrollos e inundar los resultados con licencias libres.
Debemos ser conscientes que mucho del software abierto que usamos, así como muchos sistemas, están desarrollados y mantenidos por pequeñas comunidades que invierten su tiempo libre en tal tarea. A veces incluso se reduce a una sola persona. También debemos ser conscientes de los bajos recursos con los que trabajan, tanto económicos como materiales. Por tanto la IA sería una herramienta genial para automatizar ciertas tareas y ayudar en el mantenimiento, ganando tiempo y adaptándose al bajo presupuesto.
Insistiendo una vez más en que la IA generativa no es un milagro, filtrar e inspeccionar sus resultados se vuelve una tarea necesaria e incluso didáctica. Podría usarse para aprender programación y crear código sin tanto esfuerzo, animando a compartir los resultados bajo licencias libres y dominio público. Creo que alguien curtido en el uso de redes neuronales será un elemento de alto valor, y si acaba siendo accesible podría ser de mucha utilidad. También podría facilitar la creación de logos y material gráfico de cierta calidad si no es viable el trabajo de un diseñador (profesional o amateur) en los proyectos más pequeños.
Las respuestas de los chats conversacionales —que no dejan de ser buscadores venidos a más— permitiría encontrar soluciones a problemas comunes sin necesidad de bucear en la web, ayudando a los nuevos usuarios de software libre para que pierdan el miedo a Linux. La llegada de estas funciones al escritorio supondría tener una especie de asistente o intérprete de alto nivel, que facilitaría el uso de la terminal y el sistema en su conjunto para los más novatos. No obstante también hay que defender el derecho a eliminarlas o desconectarlas a voluntad de nuestro SO, así como plantear sistemas de seguridad tipo sandboxing que le impida ejecutar acciones como superusuario.
En definitiva, la llamada inteligencia artificial sería una incorporación importante y valiosa para el software libre porque realmente contribuye a agilizarlo. Considero importante que los usuarios más contrarios a esta tecnología replanteen sus ideas respecto a la ética de su entrenamiento, así como apoyar el desarrollo de IAs abiertas más neutras, livianas y seguras. Mozilla ya ha comenzado incorporando el traductor nativo de Firefox, que es una red neuronal local, y tiene proyecciones de continuar por esa senda en un futuro.
Negarnos a la IA por sistema es negar la realidad y cerrarle la puerta a usos muy constructivos que beneficiarían al software libre. Debemos mirar más allá de las actuales prácticas empresariales para sacarles rédito económico y centrarnos en la verdadera pretensión de esta herramienta que tan buenos resultados ha dado en investigaciones y ámbitos académicos antes de su llegada a la tecnología de consumo. Debemos descontaminarnos de esa idea de «producto cerrado y peligroso» que está ganando adeptos sin plantear más alternativas que el rechazo.
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