Pesimismo ilustrado

(o por qué la nostalgia tecnológica es el camino correcto)

«El mundo ya no es lo que era», «la tecnología es excesiva y deshumanizadora», «las redes sociales han matado las relaciones personales», «la IA acabará con nosotros y nuestra creatividad»… Este tipo de pensamientos e ideas son compartidos por muchos (yo mismo escribí sobre ello) pero a veces merece la pena tomar un poco de distancia para apreciar las cosas como un todo. Estamos en una época frenética con una tecnología enfocada al hiperconsumismo, pero también pasamos por alto muchas de sus posibilidades. Nos volvemos pesimistas ante esa realidad, pesimistas ilustrados porque como usuarios con experiencia conocemos sus aspectos negativos, pero con ello caemos en un autosabotaje que contribuye a alejar un futuro mejor.

En buena parte la nostalgia tecnológica —es decir, aquellos sentimientos positivos hacia el contexto y los aparatos que usábamos en los 80, 90 y 2000— ha influido en esa manera de ver el mundo. La nostalgia dice mucho de todos nosotros con el pasar de los años; buscamos la sensación de seguridad, la autenticidad, la familiaridad y la magia que despertaba en nosotros aquello con lo que crecimos, por tanto tendemos a reivindicar lo de antes como lo mejor. Además la gente de nuestra edad participa en ese sesgo de confirmación contribuyendo a destacar los aspectos positivos, mientras nos olvidamos de lo malo.

Objetividades aparte, sí que opino que hay muchas cosas de antes que son mejores: la conexión con la realidad, la sencillez y la espontaneidad se pierden o adulteran con el progreso económico y tecnológico, y está claro que estas cosas han sido contaminadas con el avance digital de los últimos 20 años. También creo que la nostalgia, al ser una sensación positiva y placentera, dice quiénes somos realmente. Dice de dónde venimos, qué nos gusta, qué nos ha influenciado y con qué detalles nos hemos quedado. Querer conservar eso es, directamente, no querer olvidar nuestra esencia, quiénes somos y cuál es nuestro legado.

La tecnología actual, omnipresente y compleja, provoca en muchas ocasiones ese factor nostalgia deseando volver a la sencillez y autenticidad. La small web, por ejemplo, es un fenómeno que tiene mucho de nostalgia y de practicidad a partes iguales, así como la retrocomputación, el retrogaming o la vuelta a tecnologías pasadas. Grupos de personas que estuvieron en los inicios de la era digital desean revivirla por su transparencia y honestidad, cualidades que la hacían más «humana» e independiente que la de ahora, compartiendo ciertas características con la era analógica.


Todo para el usuario, nada por el usuario

De igual forma que la nostalgia es el dulce destilado de nuestros recuerdos pasados, también es un negocio a día de hoy. Es un sentimiento tan intenso y actual que se ha convertido en un nicho de ventas salpicando a todos los ámbitos. Y aunque algunos revivals son productos actuales fabricados en China expresamente para engañarnos y explotar ese sentimiento, también emerge un mercado de coleccionismo y segunda mano que recupera cacharros antiguos. Tocadiscos, monitores CRT, consolas clásicas, ordenadores vintage… Cada vez más aficionados quieren obtener las escasas unidades que quedan de esas maravillas, y puede verse en el precio que han adquirido en esos mercados.

Queremos cosas como aquellas pero no hay mucha oferta de productos alternativos. Casi nadie fabrica aparatos sencillos o «tontos» (es decir, no smart) porque socialmente son vistos como atrasados; las viejas tecnologías no se recuperan porque no tienen demanda masiva o las fábricas ya no están adaptadas para su producción. Recordamos con cariño aquellas frases de las pegatinas y embalajes que ponían «made in Japan», «made in USA», «made in Germany» o incluso el «hecho en España»... pero la producción local en estos países es anecdótica. Quizás es el momento de replantearse algunas cosas al respecto y exigir como consumidores una razonable vuelta atrás, o si acaso una gama de productos más «artesanales» hechos por y para esa forma de uso.

El rechazo al exceso actual también debería llevarnos a recuperar el estilo de vida de antes: no por tenerlo todo a menor coste hay que usarlo todo, a veces la cuestión es escoger qué queremos, qué tecnologías nos gustan y cuáles son útiles. Qué va con nosotros y cómo deseamos disfrutar de los formatos, sin presiones externas. Que la tecnología nos sirva como un medio placentero para ayudarnos a vivir, y no un yugo consumista sinsentido que nos resta tiempo, dinero, libertad e incluso salud mental (por los efectos de la exposición, el monitoreo, el FOMO, etc).

Por tanto la nostalgia y la tecnología actual no deberían ser vistas como algo irreconciliable, sino como los ladrillos y el cemento de algo nuevo. La nostalgia puede impulsar la búsqueda de la esencia y la autenticidad, mientras que la tecnología de hoy nos permite hacer lo de antes pero de una forma más eficiente. La unión de ambas cosas podría alumbrar una alternativa, un nuevo camino prometedor, sencillo, donde rescatar y disfrutar las virtudes de antes con las facilidades contemporáneas. Una nueva manera de vivir hoy, una toma de consciencia con la realidad y las herramientas de este mundo obscenamente digitalizado y obligatoriamente conectado.

Fuentes consultadas y enlaces de interés:

Imagen de Luis XVI sacada de Wikimedia y manipulada con mucho arte por este humilde servidor.

2 comentarios en “Pesimismo ilustrado”

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