Admito que cuando empecé a usar Fedora otra vez después de tantos años hubo un pequeño detalle que no encajaba bien: las actualizaciones. Mis quejas no iban tanto por el gestor de paquetes DNF o por el funcionamiento de GNOME Software, sino por la obligación de reiniciar para que se aplicasen ciertos cambios. La distro comunitaria de Red Hat no actualiza «en caliente» elementos del sistema o aplicaciones como los navegadores web, siendo necesario reiniciar la máquina para que esto ocurra. Para colmo los mensajes mostrados en el proceso se parecen a los de Windows, algo que me despertaba resquemor.

Pero con el tiempo he entendido que este método minimiza los fallos y se enfoca en la estabilidad. Por ejemplo, en otras distros como Arch, actualizar sin cortapisas a veces provoca ciertos fallos o pérdidas de funciones temporalmente… hasta que reiniciamos. Entonces, un buen reinicio permite que el sistema aplique, ajuste y ejecute los cambios como es debido para que la experiencia sea óptima. Si eso es un hecho contrastado, ¿acaso Fedora no está haciendo lo correcto?
Las partes actualizadas del kernel, ciertas librerías y drivers, el escritorio, o software tan importante como los navegadores web quedan en standby hasta apagar o reiniciar el PC, lo que asegura que estos elementos tan sensibles funcionen correctamente la próxima vez. Mientras tanto, Fedora seguirá usando la versión anterior que esté ejecutándose para minimizar riesgos en la estabilidad. Por otro lado, las aplicaciones pequeñas o los paquetes Flatpak se actualizan al instante, ya que entrañan menos riesgos.
Y lo cierto es que funciona. Es parte del secreto de su estabilidad, y con el tiempo lo he ido apreciando. Mis impresiones iniciales no eran más que un prejuicio heredado de Windows, pero en el caso de Fedora funciona muy bien. Tiene sentido, ya que además lo acerca a la filosofía que ofrece en la versión inmutable Silverblue.
Tras todo este tiempo he comprobado su fiabilidad: no he tenido ni un solo fallo, y eso que hice upgrades muy gordos, convirtiéndolo en el sistema más rocoso que he tenido desde que estoy en Linux. Incluso ha conseguido que me haga gracia el mensaje de «instalando actualizaciones» en el apagado y el arranque, sabiendo que trabaja sabiamente bajo el capó.