Poneos cómodos y pillad un cafecito porque hoy trataré con algo de seriedad el tema de las criptomonedas y su concepción, que a priori nadie relacionaría con el movimiento de software libre al que estamos acostumbrados pero que, sin embargo, van de la mano. Y es que no estaríamos hablando de esto sin la irrupción de la informática y los medios digitales en todos los ámbitos de la vida, al menos en el terreno social y especialmente en la economía. Los recientes acontecimientos lo avalan: cada vez usamos menos dinero físico, lo que supone que un sistema digital está a punto de desbancar lo tangible (más aún) y esto podría cambiar la percepción de las cosas afectando a nuestra libertad.

1. Marco filosófico y teórico
Con frecuencia se pasa por alto que el movimiento de código abierto y software libre tiene grupos con posiciones ideológicas diversas y no necesariamente excluyentes, enfatizando el detalle de la filosofía. El ejemplo más famoso lo encontramos en las licencias, donde la GPL está en contraposición con las BSD/MIT: la primera alude a un ideal de libertad donde paradójicamente es la obligación de mantener el código bajo una licencia abierta la que preserva la misma; las segundas se centran en una libertad prácticamente total sobre el software (cercano al dominio público), que incluye como derecho el cambio de licencia sobre el producto derivado, y que genera fricciones con aquellos más puristas. No es casualidad que, por eso, los fenómenos más exitosos de código abierto en el mercado suelen tener su semilla en las licencias permisivas, lo que es visto muchas veces con recelo. Sería el equivalente político con los movimientos colectivistas versus individualistas, y no es difícil por ello ver todo tipo de debates que tienden a esas posiciones cuando la discusión gana terreno más allá del software. De hecho, una vez entrado en economía hay claramente anticapitalistas y capitalistas, entendiendo como «capitalismo» el modelo económico que es —basado en individuos y propiedad privada— y nunca necesariamente una ideología per se que suele estar estereotipada. No es raro que la gente ignore que al sistema capitalista se le puede añadir varios modelos ideológicos que guíen la aplicación del mismo en la sociedad, y justamente de ahí nacen conceptos como la socialdemocracia (mejor vista a ojos de una gran población) o cosas grotescas como el modelo chino con su «capitalismo de Estado».
Este detalle acerca de la economía es importante en las opiniones vertidas, sobre todo en aquellas más profundas donde los términos «anarquía» y «acracia» suelen ganar fuerza. Es con las posiciones más liberales e individualistas donde el software libre y la economía también tienen nociones de libertad que, sin rechazar el capitalismo, sí que se oponen a sistemas con monopolios de cualquier tipo, ya sean empresariales, públicos o estatales. Y es ahí donde surge la idea de las criptomonedas, blanco de polémicas recientes por todo lo que han acarreado en el ámbito de la especulación. Sin embargo cabe decir también que las burbujas económicas no son propias del capitalismo reciente, ni siquiera su invento, sino un fenómeno social que está documentado como mínimo desde el s.XVII por acontecimientos como «la burbuja de los tulipanes» en Holanda. Esto nos da una visión de cómo el intercambio voluntario (mercado) puede provocar crisis desde antes del nacimiento del modelo actual con la Revolución Industrial. Ese tipo de fallos son, por tanto, fruto de humanos corrientes y su percepción del momento. El tema de la libertad y descentralización económica, los movimientos de mercado así como los conceptos de «valor» y «precio», son temas ampliamente estudiados por la escuela austríaca de economía, el conjunto de pensadores más relevante basado en el racionalismo y el estudio del comportamiento de las personas a lo largo de la historia.
2. El nuevo agorismo
El agorismo se trata de una revolución teórica para tumbar grandes poderes, sobre todo el estatal, haciendo uso del autoempleo, la economía sumergida y todo tipo de sistemas de intercambio alternativos. Esto lo convierte en un arma de sabotaje popular contra organizaciones por una vía pacífica, que anula la capacidad de ganancias económicas de aquellos que dependen de la extracción de bienes para mantenerse en el poder (un colectivo, una empresa o el propio gobierno). Dicho de otra forma: se deslegitima el poder económico dominante y se le empobrece desde la sombra hasta que irremediablemente colapse. Si la federación, autogestión y los movimientos antimonopolio son un aliciente del software libre, el agorismo es el equivalente en el mundo de la economía. ¿Y qué resulta de mezclar ambos conceptos? Pues la blockchain y muy concretamente las criptomonedas.
La blockchain se encarga de validar la autenticidad del sistema de forma automática, sin que ningún poder interceda y basándose siempre en las reglas que una comunidad ha aceptado. La criptomoneda no es más que el método de intercambio cuantificable en base a ello, el dinero. Vamos, una economía autorregulada donde la descentralización y la transparencia pueden ser comprobadas por los usuarios sin que ello comprometa la privacidad, todo gracias al sistema de cifrado que es el ADN del concepto. Ni peritos, ni Hacienda, ni bancos centrales: la matemática pura y la automatización como método para dificultar cambios intencionados en las economías, haciendo casi imposible su control. Lo que salga de la población quedará validada en sí misma, convirtiendo al mercado en un sistema puramente democrático donde «uso» y «voto» se fusionan.
Y ahí llegamos a la chicha: Bitcoin, la criptomoneda que lo empezó todo, es un sistema de código abierto bajo licencia MIT (permisiva). Esto supone que su funcionamiento, reglas, etc. es abierto y puede ser usado libremente, convirtiéndose en un modelo para todas las que siguen, libres o no. El surgimiento de otros criptoactivos no está sólo motivado por filosofías sobre la libertad, sino que también se convierten en un método de extracción de rentas. ¿Quieres cambiar tokens? Paga una comisión. ¿Quieres una cartera/red que asegure tus pérdidas? Paga una comisión. ¿Quieres intercambiarlo por moneda normal? Paga una comisión. Bienvenidos, señores, al surgimiento de nuevos sistemas económicos donde también existe la posibilidad de ser estafados, ser presa de burbujas o ser fiscalizados. Se abre un nuevo camino: ¿qué estamos dispuestos a aceptar cuando la libertad y la ganancia/pérdida se trata como un tema para el cambio social?
Quien diga que es mejor algo como el euro digital, tengo malas noticias: es centralizado, por lo que la imposibilidad de salir del sistema (europeo, americano, o de cualquier país que tenga su propia moneda) lo convierte en una cárcel donde la picardía hará las delicias de políticos que sepan hacer que la gente se sienta «segura» de que usa «dinero de verdad». Estará más fiscalizado el fraude, si, pero también lo estarán los ciudadanos de a pie, que si creen que ésto no les perjudica bien podría ser el equivalente de «no necesito privacidad porque no tengo nada que ocultar». También el argumento de «las arcas del Estado es el bien común» es algo bastante arraigado, y que sin embargo vemos con frecuencia que no siempre es así, existiendo todo tipo de trampas por parte de la administración e impuestos que todo el mundo, más pobre o más rico, debe pagar. Si preferimos un modelo más comunitario, de autogestión y menos centrado en la moneda, pagaremos con el hecho de no poseer fácilmente bienes propios, lo que de facto nos priva de libertad. ¿De qué serviría que me dijeran que soy libre si al final no puedo disponer de «lo mío» o ésto lo decide una supuesta mayoría? ¿No es, de hecho, un sistema tan susceptible a fallos (o más, como intenta demostrar la teoría del cálculo económico) como al que estamos acosumbrados?
La siguiente incógnita es si una criptomoneda GPL lo resolvería, pero todos sabemos que eso no es así: la garantía de libertad en la licencia no determina la garantía de su aplicación, y ésta a su vez tendrá un componente subjetivo que muy difícilmente contentará a todos. Por tanto, son las propias personas las que en última instancia determinan la utilidad de las criptos y la economía, con sus virtudes y defectos, pudiendo ser blanco de trampas autoimpuestas de igual forma que lo fue la mencionada «burbuja de los tulipanes». No sólo el precio sino también el valor de las cosas (al margen del dinero) pueden ser compartidos por un grupo, pero la apreciación final nunca será unánime entre sus miembros.
3. Conclusiones (o no)
Tras la crisis de los tulipanes, ¿esta flor ha quedado dañada en reputación o ha sido considerada «mala hierba»? No. ¿Consiguió la crisis de las puntocom acabar con la reputación de internet y los nuevos servicios en línea? Todo lo contrario. El estallido de las burbujas ha sido siempre el sistema más fiable de regulación de las economías, desenmascarando aquello que tenía un valor muy inflado, independientemente de quien lo causó. El problema es toda la gente y organizaciones que quedan atrapadas ahí por avaricia o ignorancia, y que a menudo sufren de primera mano la pérdida de ahorros, igual que en la inflación provocada por los organismos públicos —culpa de la masa monetaria inyectada, que permite financiar gobiernos, empresas y servicios de «interés común—». Quizás, sencillamente, es que hoy por hoy el valor percibido es irreal y un pinchazo no vendría mal para purgar todo lo que es irrelevante.

[…] otro lado, hacen una defensa del cifrado de las comunicaciones o de las criptomonedas. Éste último es un tema muy controvertido en nuestros días por el mal uso y especulación que se […]
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