Cuando empecé en el mundillo, allá por 2007, ya había páginas y foros tratando la fragmentación en Linux. Que sea un tema actual me sorprende teniendo en cuenta el aparente bajón que ha experimentado la comunidad activa. Siempre que veo noticias del pingüino destacan las míticas (Ubuntu, Debian, Fedora o Arch) y cada vez menos sobre proyectos emergentes o reviews al uso, ya ni hablemos de los escasos blogs de aficionados. A pesar de ese nuevo enfoque el tema no parece eludir las conjeturas de veteranos como Muy Linux o Juan J.J. En la otra cara de la moneda hay gente destacando que distro tras distro, versión tras versión, en el fondo los cambios son modestos y a veces parece que revisitamos una y otra vez lo mismo. Yoyo, de los pocos que siguen haciendo reviews, lo comentaba en un vídeo.

Estamos de acuerdo en que la variada oferta de Linux a veces tiende a ser superflua o genera duplicidades de escaso aporte, sin embargo tendemos a olvidar que muchos de esos proyectos son personales o adaptaciones para escritorios y hardware bastante específicos. Por otro lado, el hecho de que un sistema operativo Linux se construya sobre estándares aceptados hace que, obviamente, no haya grandes diferencias entre sabores. Ya ni digamos entre versiones de aquellos que aún no tienen un desarrollo rolling. Pero es una buena noticia: que todo parezca lo mismo destaca el hecho de que, en el fondo, Linux no es tan diferente.
Sólo unas pocas distros merecen el reconocimiento pleno y el apoyo indiscutible por nuestra parte: Debian, Fedora, Arch, openSUSE y Ubuntu creo que podrían considerarse madres, aquellas que han sobrevivido a las modas y al tiempo, y también las que han asentado el estándar de lo que debe ser un sistema Linux. Es obvio que su madurez ha consolidado un estatus de fiabilidad, tanto es así que no presentan cambios realmente grandes, y es bueno porque hemos llegado al punto en el que una distro de ese tipo no da problemas en la mayoría de los casos. Hemos alcanzado la tan ansiada estabilidad, que heredarán la mayoría de distros pertenecientes a otra hornada —con los beneficios que supone—.
Pero sin perder de vista que suelen ser proyectos menores, tener una absurda variedad es bueno de cara al aprendizaje. Poder usar muchas cosas que al final son parecidas refuerza los conocimientos. Por ejemplo si probamos muchas derivadas de Debian sabremos cómo funciona esa base después de tanto repetirla; instalar diferentes distros nos hace conocedores de cómo funcionan los equipos, o probar varios escritorios nos entrena en las interfaces gráficas. Puede que sea repetitivo, pero nos ayuda a entender que aunque cambie la superficie los principios son los mismos. Creo que no hay linuxero más eficaz que aquel que tuvo etapas de probarlo todo, y creo que los usuarios más conscientes y comprometidos son aquellos que usan su distro favorita después de testear multitud de cosas. El hábito hace al monje en este caso, porque sólo a base de destreza se pierde el miedo a este SO que tiene la imagen de ser «difícil» y más limitado.
Pero no sólo ayuda a encontrar lo que mejor se adapta a nosotros, también enseña sobre informática general. Saber cómo funcionan los sistemas, los principios que respetan, estándares de funcionamiento y compatibilidades es bueno para tener un notable conocimiento acerca de ella. Toda esa amalgama que Linux ofrece nos hace familiarizarnos con la consola y las interfaces con texto, nos ayuda a entender los errores y nos entrena en solventar fallos y situaciones que para otras personas requeriría llamar al técnico de turno. Forma parte del carácter didáctico que tiene nuestro ámbito y que sin esas posibilidades infinitas no sería posible, todo gracias a la libertad del código. Y lo mejor es que no se limita a Linux, sino que nos sirve para entender otros SO.
¿Necesitamos centrarnos en unas pocas y desechar las demás? No. Nunca sabemos cuál puede ser la siguiente a destacar en el mercado. Si Ubuntu no hubiese cometido el sacrilegio de ser «un fork más» no habría tenido la posibilidad de llegar a donde llegó, por tanto es necesario tener la puerta siempre abierta a esa posibilidad. ¿Qué es lo que necesitamos? Más apoyo al upstream, ser conscientes de a qué proyectos le debemos un seguimiento, y enseñar aquellos que realmente demuestran su enorme aportación a Linux en el escritorio. La diversidad es nuestro valor más fuerte y al mismo tiempo nuestro lastre, pero deberíamos pensar más en convencer que en vencer.
Totalmente de acuerdo con el contenido del artículo. Además, breve y conciso, cosa siempre muy de agradecer. Me siento identificado con el modelo de usuario que prueba diversos sabores y familias para aprender, para conocer el sistema y para decidir con qué versión se queda.
Una sugerencia: además de probar distros de diversas familias, me está dando muy buen resultado seguir trabajando con, al menos, dos ellas (en mi caso y en este momento, LinuxMint y EndeavourOS, derivadas de Ubuntu-Debian y de Arch Linux, respectivamente), ya que me permite:
1. descubrir qué funciones o programas van mejor en una que en otra;
2. descubrir cuál va mejor en una máquina determinada; y, además,
3. si una actualización deja inutilizable el sistema, siempre dispondré de la máquina con la otra distro para seguir trabajando con normalidad hasta que se solucione el problema.
Ventajas y más ventajas de un ecosistema rico y variado.
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Hacer eso es común en alguna etapa, y enseña muchísimo. Al principio tenía un par de distros por los mismos motivos que tú (aparte de que me divertía). Con el tiempo fui simplificando mi uso en todos los aspectos hasta ser fiel a la que considero mejor, y así llevo casi 10 años.
Pero sé que eso podría cambiar de una u otra forma, o quizás en otro equipo corra mejor otra distribución, y por eso es bueno tener opciones. Fui usuario fiel de 3 distros y quién sabe si migraré a una cuarta por X motivos. Nunca se sabe.
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