Muy de vez en cuando se alinean los astros en Europa. Esta vez parece que ha sido con las propuestas sobre la regulación de las inteligencias artificiales y la vigilancia. El modelo de «seguridad ciudadana» de China no convence a casi nadie —gracias a Dios— y se huele la tostada de que las nuevas tecnologías pueden llevar a sociedades orwellianas en un abrir y cerrar de ojos. Temas como la videovigilancia en la vía pública, el uso de IAs para generar y reconocer patrones de delincuentes, entrenamiento indiscriminado con fotografías faciales, deepfakes o los sistemas policiales predictivos están en el punto de mira, entre otros muchos similares. Nunca jamás hubo tanto poder y facilidad para llevar a cabo el sueño húmedo de las tiranías del s.XX.

Podemos leer la noticia en varios medios como por ejemplo 20 Minutos o El Salto. El viejo continente es famoso por sus regulaciones, a veces algo absurdas, aunque esta vez podrían anotarse un tanto a favor de las libertades civiles. La excusa de la seguridad para instaurar vigilancia y control poco a poco se diluye ante la realidad: hay muy pocas formas de justificar tecnologías tan potentes sin atropellar derechos de privacidad e intimidad básicos. El monitoreo y la acumulación de datos y perfiles se está volviendo tan insoportable que hay que cortar las alas, al menos parcialmente, evitando que las redes neuronales se vuelvan desproporcionadas. Ya he dicho en alguna ocasión que poco a poco la realidad se parece más a una conspiranoia, con la sutil diferencia de que nuestra situación actual se puede demostrar.
También empezarán a hacer hincapié en la transparencia sobre el sistema de entrenamiento de las IA, sus bases de datos, la creación automática de material (para diferenciarla del humano), la promoción del código abierto y el testeo previo de algún producto de ese tipo antes de su salida al mercado.
Cualquier ley futura tendrá que atenerse a los siguientes principios: una inteligencia artificial antropocéntrica y antropogénica; seguridad, transparencia y rendición de cuentas; salvaguardias contra el sesgo y la discriminación; derecho de reparación; responsabilidad social y medioambiental; respeto de la intimidad y protección de los datos.
De todas formas he de decir que me parece una medida un pelín oportuna y populista, no por inútil sino porque la IA es ya un cantazo para la población y por eso no se puede esconder, pero hemos llegado a un límite. Se olvida que no presionan lo suficiente con la neutralidad de red, el derecho a la copia privada y el cifrado o incluso las penalizaciones a gobiernos dentro de la UE que hacen un poco lo que les viene en gana, todo ello ante el pasotismo de esa gente partidaria del «no tengo nada que ocultar» que no han pensado lo suficiente acerca de lo que conlleva esa actitud ante el big data.
Lo que muchos llevamos advirtiendo desde hace años creó una bola de nieve que sólo ha asustado con la llegada de la IA, pero los elementos que la han propiciado vienen de mucho atrás. La dejadez general de los usuarios en materia de seguridad y privacidad nos está llevando a una situación bastante frágil. Muy poco pasa en comparación con el percal que tenemos encima, y debe cambiar antes de que ocurra alguna desgracia que nos ponga en una tesitura sin precedentes. Si nadie imaginaba que una pandemia podría poner en jaque a todo el planeta, es hora de abrir los ojos ante la posibilidad de una filtración de datos (o fallos de seguridad) con resultados nada agradables. Las IA no son más que el cabeza de turco de todo lo que subyace en las profundidades de servidores de todo el mundo.
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