Cartas a Lucilio

Aunque el estoicismo está siendo capitalizado por muchos coach que velan por la «productividad» y la «mejor versión de uno mismo», lo cierto es que sus enseñanzas están siendo retorcidas. Quien esté familiarizado con esa filosofía sabe que persigue una vida sencilla y casi minimalista, con tendencia al autoconocimiento. El estoicismo busca la cura de lo que antiguamente se denominaba «enfermedades del espíritu/alma», y que hoy bien podríamos identificar con los problemas psicológicos derivados de malos hábitos, malos pensamientos y nihilismo.

Cartas a Lucilio, escrito por el magnífico Séneca, tiene casi 2000 años de antigüedad y sigue viéndose actual. Más allá de si las cartas fueron reales o de algunas expresiones propias de la época, que estén escritas durante la Roma imperial nos transmite un sentimiento familiar: el ambiente más globalizado donde el lujo, el hedonismo y la falta de moral se adueñan de la gente. Trata diversos temas como la búsqueda de uno mismo en tiempos que destacaban por ser consumistas y perseguir el ocio constante, la apariencia y el cortoplacismo. Una buena obra de reflexión sobre las consecuencias de la opulencia y el deseo sin fin.

Toda una batería de máximas para transitar en el mundo que nos ha tocado vivir. Cualquier parecido con nuestra realidad actual NO es coincidencia. Tendemos a creer que nuestros problemas son nuevos y que nuestros ancestros eran tontos, pero obras como esta demuestran lo equivocados que estamos. Un complemento perfecto para ese artículo que escribí hace unos meses llamado Una sociedad ansiosa y deprimida, donde ya reflexionaba sobre los problemas a los que llevaba la ausencia de necesidades reales en sociedades ricas, la hiperconexión global y la comparación.

El libro puede ser encontrado fácilmente en formato EPUB a través de varias páginas de descargas, como la copia que obtuve de Internet Archive. Dejo algunas frases que me han gustado mucho, pero quedan otras tantas en el tintero.

El contacto con la multitud nos es hostil: cualquiera nos encarece algún vicio, o nos lo sugiere, o nos lo contagia sin que nos demos cuenta. Ciertamente, el peligro es tanto mayor cuanto más numerosa es la gente entre la que nos mezclamos.

Porque ninguna sabiduría suprime los defectos naturales del cuerpo o del espíritu: todo lo que está arraigado y es congénito la disciplina lo modera, pero no lo elimina.

La filosofía no es una actividad agradable al público, ni se presta a la ostentación. No se funda en las palabras, sino en las obras.

La naturaleza ambiciona poco, la opinión no tiene medida.

Es esta señal de mayor fortaleza: mantenerse seco y sobrio cuando el pueblo está ebrio y vomitando; aquella otra lo es de mayor templanza: no aislarse, ni singularizarse, y sin mezclarse con todos realizar las mismas cosas, pero no del mismo modo puesto que es posible pasar el día de fiesta sin desenfreno.

¿Piensas que sólo a ti te ha sucedido, y te sorprende, como un hecho insólito, que con tan largo viaje a través de países tan diversos no se disipase la tristeza y la ansiedad del espíritu? (…) ¿Por qué te maravillas de que tus viajes al extranjero de nada te aprovechen, cuando es a ti mismo a quien llevas de un lugar para otro? Te agobia la misma causa que te impulsó salir.

No sirve de mucho haber expulsado los propios vicios si hay que pugnar con los ajenos.

No puede vivir felizmente aquel que sólo se contempla a sí mismo, que lo refiere todo a su propio provecho: has de vivir para el prójimo si quieres vivir para ti.

Aleja todos los obstáculos y conságrate a la salud del alma: nadie la alcanza estando atareado. La filosofía ejerce su realeza, señala su tiempo, no acepta el ajeno. No es cosa secundaria; es principal, es soberana, está presente y ordena.

Cada uno es tan desgraciado como imagina serlo.

Necesariamente consideran corta toda existencia quienes la miden de acuerdo con sus placeres ilusorios y, por lo mismo, insaciables.

Los prepotentes llevan una vida turbia y desordenada; temen en la misma medida en que hacen daño y no descansan en ningún momento.

Cuando el espíritu se acostumbra a repudiar lo que es tradicional y siente como vulgar lo que es habitual, también en la expresión busca la novedad.

Pero cuando la enfermedad ha agotado mucho más las fuerzas y la molicie ha penetrado en las entrañas y los nervios, alegre ante la vista de aquellos goces para los que está inutilizado por su excesiva avidez, en lugar de sus propios placeres se complace en la contemplación del placer ajeno, impulsor y testigo de aquel desenfreno cuyo disfrute ha alejado de sí por estar saturado.

¿No viven en contra de la naturaleza los que propugnan el esplendor de la mocedad en una edad ya no adecuada?

No hemos comprendido cuán inútiles eran muchas cosas sino cuando han comenzado a faltarnos. En verdad nos servíamos de ellas no porque nos eran necesarias, sino porque las teníamos. Y ¡cuántas cosas nos procuramos ahora porque otros se las han procurado, porque la mayoría las posee!

Parecía ser la peor especie la de aquellos hombres que difunden la maledicencia: hay algunos que difunden los vicios. La conversación de estos hombres es muy nociva. En efecto, aunque no consiga resultados de inmediato, deposita sus gérmenes en el alma y, por más que nos hayamos separado de ellos, nos persigue el mal que después resurgirá.

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