Quedaos con la siguiente idea clave:
Ansiedad = exceso de futuro
Depresión = exceso de pasado
Más adelante conectaré esto.
Índice
- Contexto
- Internet y las redes sociales, reflejo de una sociedad y sus demonios
- De quellos polvos estos lodos
- Falsos chivos expiatorios
- Conclusión
El cómo evoluciona, vemos y consumimos internet dice mucho y ejerce una gran influencia en la sociedad y las personas. Es algo de lo que estoy plenamente convencido, y por eso en los últimos años me he dedicado a investigarlo a título personal. Los últimos estudios profesionales no han hecho más que complementar, en la misma dirección, aquello que me suscitaba tanta curiosidad. No es cosa de la tecnología per se, si no cómo impacta y cómo la ubicamos, por no hablar de la importancia de las dinámicas sociales sobre las que se instaura.
La depresión y la ansiedad era algo que no tenía tanto calado antes. Por supuesto que existían pero, por decirlo de alguna forma, no estaban al alcance de cualquiera. Y si no fijémonos en qué países se da con frecuencia este fenómeno en la actualidad: los llamados «primer mundo», aquellos en los que la economía ha crecido lo suficiente como para sustentar de forma cómoda a la sociedad —la pobreza y desigualdad percibidas siempre son relativas—. Si los problemas asfixiantes son la justificación del sufrimiento mental, entonces por esa regla de tres los países tercermundistas deberían tener las tasas de ansiedad, depresiones y suicidios superior a la media, y sin embargo no es así. Se habla mucho de resiliencia, pero a la hora de la verdad es la gente menos favorecida (de sociedades menos favorecidas) la que consigue salir adelante con mucha más entereza personal. Quizás pase lo mismo con la menos conectada.

1. Contexto
Es algo por lo que tuve que pasar. Fui de esas personas que sufrió ansiedad y depresión durante años, antes de que ésto fuera visible. No es ninguna medalla al mérito, ni una llamada de atención, y mucho menos una estrategia para dar pena (de hecho, me daba asco darle pena a la gente cuando estaba mal). Es, sencillamente, una experiencia que me ha hecho comprender muchas cosas. Algunas personas cercanas a mí, tanto profesional como personalmente hablando, también la pasaron y compartimos la misma idea: es de lo más terrible y oscuro que alguien puede tener, y sin embargo cuando lo ves con perspectiva resulta el mejor maestro. Un maestro muy duro, de eso no cabe duda, pero todo un acelerador de experiencia y conocimiento sobre lo que supone «estar bien» y «estar mal». Te hace consciente de lo que es, de tus propias debilidades y fortalezas, y de cómo ese tipo de patrones acaban siendo fácilmente identificables. Nuestra opinión compartida es la misma: la gente actualmente está jodida de la cabeza, y se han metido ellos solos a veces sin conocimiento de causa. Suena mal, pero es cierto. Esa frase tan odiada de «no tengo tiempo para deprimirme» tiene un poso de incómoda verdad, que cuando escuece significa que ha tocado hueso.
Hace falta tiempo libre y comodidad, de una u otra forma, para llegar a un estado donde los pensamientos consiguen saturarte y anularte, donde éstos empiezan a crear cambios a nivel hormonal como la serotonina, que creará una retroalimentación entre la parte biológica y la psíquica de tal forma que te atrapa. Hacen falta meses o años para llegar a ese estado y lleva otros tantos salir de él. De igual forma que la obesidad, uno no llega a estar gordo de un día para otro, y no pierde peso en poco tiempo. Es más, cuanto más gordo estés menos ganas tienes para empezar a perder peso y ver sus beneficios, porque lo quieres rápido y eso no es posible. Ocurre exactamente igual con la ansiedad y la depresión. Te sientes mal y te aceleras pensando en lo que vendrá (ansiedad), pero esa insatisfacción y cúmulo de pensamientos te lleva de nuevo a verte incapaz, dando por hecho que está todo perdido sin que nada vuelva a ser igual que antes (depresión). Esa cualidad de quedarse atascado hace que notes que no avanzas mientras el resto, presumiblemente «sanos», te llevan ventaja en todos los aspectos. Tu autoestima se resquebraja. Lo que ignoramos frecuentemente es que lo hace ante un espejismo.
La gente se cree ahora más lista que antes, cree que sus problemas son nuevos, y sin embargo simplemente hace falta leer algunos clásicos de la literatura y la historia para darse cuenta de que no es así. Esas cosas —las dudas existenciales, injusticias, los problemas de todo tipo, la insatisfacción, la superación personal, etc.— son temas tratados desde hace cientos e incluso miles de años. Desde la religión (especialmente la judeocristiana y el budismo), pasando por la filosofía clásica grecorromana (el cinismo o el estoicismo) hasta autores como Nietszche o Ciorán, por no hablar de la multitud de cuentos e historias populares. Todos y cada uno de ellos intentan dar respuesta al bien y el mal, cuál es nuestra posición en ello, qué camino queremos transitar, a quién queremos parecernos y sobre todo el valor de la libertad personal en el mundo y cómo encajarlo en sociedad. También alertaban sobre la vanidad, el materialismo, los vicios, las virtudes y las dificultades. Enseñan tantas cosas y sin embargo es un legado cultural que se ha desterrado del pensamiento moderno…
Pero si eres creyente o religioso te tildan de tonto, si te preguntas cosas filosóficas resulta que eres «un rallado», si le das valor a tu libertad individual corres el riesgo de que te vean como egoísta, y así con multitud de cosas que han pasado siempre. Al mismo tiempo vivimos en una sociedad donde las preguntas más estúpidas se convierten en debate, donde se cuestiona la familia o tener descendencia (elementos básicos en la naturaleza humana, sin meternos en sus variantes) pero sin embargo llama «hijos» a las mascotas, o donde su modo de vida es la comparación con los demás y la exhibición. Y por supuesto una sociedad que constantemente reclama tu integración, sin valorar si eso te hace ganar o te hace perder, y aceptar conceptos y situaciones que por mucho que sean compartidos por un grupo grande no los hace más legítimos o correctos. El colectivismo es el perro del hortelano, que ni come ni deja comer. Los grupos tienden a volverse egoístas mientras acusan de lo mismo a aquellos que desean mantenerse al margen. Las redes sociales y las cámaras de eco que generan son un gran ejemplo de ello. La sociedad racional y despierta, le llaman.
2. Internet y redes sociales, reflejo de una sociedad y sus demonios
Internet es producto de una economía avanzada y ha extendido la comodidad a prácticamente todo el mundo, junto con su influencia. Ya traté vagamente el tema en el artículo «Algoritmos de doble filo», al que remito para no repetirme demasiado. Simplemente resaltar el hecho de que esa comodidad, materializada en el consumo de redes sociales con los algoritmos al timón de las mismas, proporciona un reflejo de las personas a título individual y colectivo. Y además es un reflejo fiel porque se ha convertido en el nuevo ágora, donde la gente saca a relucir su verdadero yo gracias al anonimato, al privilegio de no tener que enfrentarse cara a cara con los demás o una mezcla de ambas. Una red de personas con la cabeza metida en el culo donde claramente se ve el tiempo libre que tienen (o el que malgastan), entrometiéndose en cuestiones sobre los demás y que acaban afectándoles a ellos mismos. El internet de «el mundo debería ser» y no de «qué es lo que hago realmente». Un internet de simples consumidores pasivos cuyo aporte consiste en unas pocas frases, likes o si acaso vídeos cortos. Poca gente muestra qué sabe hacer con sus habilidades, pero sin embargo abunda la crítica, la cancelación masiva (como muy bien trataba Juan Soto Ivars en su ensayo «Arden las redes» de 2017) y sobre todo la persecución de un estilo de vida y objetivos que no pueden extrapolarse fácilmente a todo el mundo.
Facebook y sobre todo Instagram popularizaron el postureo que antaño era visto como ridículo e inmaduro, pero increíblemente esos perfiles empezaban a llenarse de aprobación. La cosa saltó a Twitter, que empezó siendo una plataforma de microblogging donde humoristas y gente anónima se sumaba a lo que bien podía ser la evolución del RSS. Del humor y las opiniones personales se pasó al sarcasmo, y éste se acabó convirtiendo en un mensaje cáustico a la caza de likes y retweets, alimentando el deseo de repetir la fórmula para conseguir esa ansiada notoriedad. En los últimos años hemos visto cómo Instagram se ha convertido en el avatar estético mientras Twitter es el avatar psíquico. Se instauró más que nunca el perfil arrogante y vanidoso que de alguna manera siempre fue el rol rebelde en la adolescencia, pero que se normalizó en la gente mientras ésta iba cumpliendo años. ¿Qué se puede esperar de una sociedad que ansía la eterna juventud? La capitalización de la superficialidad está servida.
3. De aquellos polvos estos lodos
¿Alguien se cree que esto no pasa factura? ¿Realmente se piensa que este modus vivendi no acarrea consecuencias más allá de uno mismo? El efecto contagio se extiende a medida que se hace popular y empieza a ser un pilar de los círculos en los cuales te mueves. Internet es la cara visible de todas y cada una de estas actitudes que acaban calando en aquellos que vienen después. La dejadez y la banalización han convertido a las redes sociales en los nuevos grupos de presión que afectan a mayores y sobre todo a la gente más joven. No es casualidad que los problemas relacionados con la salud mental y la autoestima estén disparándose en la llamada Generación Z, donde han crecido hasta un 180%. Es un campo de minas donde las expectativas y el ojo acusador pueden explotar si se da un paso en falso.
Es normal que genere la sensación de no saber cómo avanzar ni encajar las cosas cuando todo parece tan seguro, pero al mismo tiempo puede dar la vuelta a la tortilla en un abrir y cerrar de ojos. La gloria y la desgracia están a la vuelta de la esquina. Un día estás arriba y otro abajo, los sistemas de contabilización (seguidores, likes, followers, etc) son un marcador a batir. Donde antes hacía falta solamente un grupo reducido de gente para llevar tu vida, ahora se ha disparado a cientos o miles. Presumiblemente, de alguna manera, una gran parte de ellos siempre serán mejor que tú —o lo aparentan—. No hay estabilidad, todo va tan rápido que a una persona promedio se le hace sencillamente imposible seguir el ritmo y estar a la altura de todas las circunstancias que se le plantean. Solamente fingiendo se consigue llenar el cupo, al menos a vista de los demás, pero puede traernos serios conflictos sobre qué queremos o no, sobre quiénes somos y quiénes queremos ser. Perdemos nuestra libertad y nuestra autonomía para tomar decisiones y provocar cambios que se adapten a nuestras posibilidades. No manejamos nuestra vida, no es diferente a estar en una secta o grupo elitista. La soledad es un sentimiento que se ve reflejado en el hecho de no encajar en lo que te rodea. Y el sentimiento de soledad es la siguiente enfermedad que se viene.
4. Falsos chivos expiatorios
Los mensajes populares sobre por qué la salud mental se resiente en la población son muchos: que si el entorno laboral, la economía, el cambio climático, la inflación, la guerra, la falta de psicólogos… Como si eso no existiese en los países menos favorecidos, como exponía al comienzo del artículo. Puede que sea un factor para ella, pero desde luego no es El Factor que vertebra la tendencia. Claramente es la hiperconexión y el ambiente de comparación resultante de llevar un smartphone siempre en el bolsillo, ventana indiscreta sin descanso.
El culpable es la vida a mil por hora, las enormes colas de contenido que no podemos abarcar, la inmediatez, multitudes, velocidad y resultados que prácticamente nadie puede alcanzar en un corto espacio de tiempo. De ahí sale el sobreestímulo y el sobrepensamiento (ansiedad), que sigue a un estancamiento ante la abrumación, y deriva finalmente en un estado de inacción y baja autoestima (depresión) que termina por anular a un individuo… y vuelta a empezar. La falta de estabilidad en esa dinámica no es más que la gasolina con la que todo arde. La gente no sabe descansar de eso, y las diferentes encuestas sobre el tiempo de uso de los teléfonos nos lo sugieren (entre 2 y 4 horas de media).
El «normalizar la enfermedad mental» también tiene una contrapartida, que es el sobrediagnóstico. Enfermedad y trastorno no es lo mismo, y desde luego mucha gente pasa por periodos críticos que le pone contra las cuerdas hasta la extenuación psíquica, pero es (o debería ser) temporal. En todo caso lo que hay que normalizar son las cosas que surgen en la vida y saber lidiar con ellas, aceptarlas y dar con nuestra fórmula. Todo se ha estandarizado tanto que lleva a la clasificación de las personas según cómo operan mentalmente. Esto no hace más que encasillar circunstancias y extenderlas hasta muchos terrenos en los que es fácil que todos pisemos alguna vez. De hecho, puede condicionar nuestra propia salud o enfermedad mental a ojos de los demás, como expusieron en múltiples ocasiones autores como Thomas Szasz. La adopción de psicofármacos tampoco deja margen de maniobra: se ha descubierto que en muchos casos no son más efectivos que un placebo. Tal y como decía Szasz, la mayoría de problemas mentales son derivados de comportamientos y no al revés.
5. Conclusión
Esta situación tan delicada no sería posible sin un nivel de comodidades y tiempo libre que son envidiables, como bien he dicho, y que nos permiten carecer de preocupaciones imperantes que requieren de nosotros toda nuestra atención y esfuerzo. Theodore Kaczynski lo exponía muy bien en su ensayo «La sociedad industrial y su futuro« (1995), donde más allá de lo cuestionable de sus acciones —y conclusiones— no podemos ignorar el sesudo análisis que hacía de la sociedad y su devenir bajo una perspectiva llena de referencias.
No se trata de rechazar la tecnología, sino de ser selectivo y entenderla, de verla como una herramienta y no el centro neurálgico de nuestras vidas. Se trata de promover un uso responsable de la misma, espacios de libre pensamiento y alternativas. No cesar nunca de trazar nuevos caminos que sirvan como una válvula de escape sana a una asfixiante web que nos come terreno día a día, que se lleva la privacidad y con ella la intimidad. De poner el foco, como siempre ha sido, en que el valor de las personas está en sus acciones y no en su apariencia (física o de palabra). Ningún grupo de psicólogos, ninguna regulación o ninguna opinión política va a cambiarlo si el grueso de la sociedad, y nosotros como individuos, no nos replanteamos nuestra relación con ella. Los valores humanistas siempre han estado ahí, siendo el faro que ilumina el camino cuando las cosas se ponen feas. Tenemos que ponerle algún freno bajo nuestro propio criterio sin remordimientos o miedo al FOMO. La vida siempre ha estado llena de falsedades y malas experiencias, la única diferencia es que hemos aumentado significativamente nuestra exposición a ellas sin una razón de peso. Hay que aprender a recuperar la vida sencilla y tranquila, en internet y en la realidad.
Más información y datos en Psico Vlog, «Redes sociales vs Generación Z«.
Recomendado: Hiper-reflexividad y sobresocialización (XLIV)
Imagen cortesía de Timon Studler (Unsplash)
El artículo merece mucho más que un comentario. Por ahora lo he linkeado en mi cápsula gémini, junto con otros artículos relacionados con la distopía tecnológica que vivimos y que bien merecen una profunda reflexión:
gemini://sl1200.dystopic.world/links/informatica.gmi
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Gracias! Me alegro que te haya gustado tanto. A ver si pronto continúo con este tipo de post, porque el tema da para mucho.
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[…] que estamos. Un complemento perfecto para ese artículo que escribí hace unos meses llamado Una sociedad ansiosa y deprimida, donde ya reflexionaba sobre los problemas a los que llevaba la ausencia de necesidades reales en […]
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[…] Una sociedad ansiosa y deprimida […]
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[…] ¿Haremos de la Tierra (y más allá) un lugar mejor? ¿Volveremos a sonreír con la tecnología, o seguiremos dejando que nos deprima? […]
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