El oasis

Pasaron unos años desde la última vez que estuvieron juntos. Tras la separación solía ver su cara en las redes sociales, en las conversaciones de WhatsApp o en las fotografías guardadas en la nube. Siempre estaba ahí de una forma u otra, la tecnología digital le hacía eterno, disponible a voluntad. Pero un día todo eso desapareció: ya no había redes donde mirar, conversaciones que leer ni fotografías con las que recordar. Todo fue cerrado, borrado, eliminado de un plumazo. Sólo quedaba la frágil memoria humana, la materia gris imperfecta que tantas veces le había traicionado. ¿Era su cara tal y como recordaba? ¿Podría los impulsos eléctricos de las neuronas reproducir aquella sonrisa? ¿Habría suficientes megapíxeles en el hipocampo para reconstruir su figura?

Huérfano de su presencia vagó por todos los lugares que habían compartido, intentando recordar. Fue a los bosques, a las playas y acantilados, a los edificios en ruinas. Sólo la soledad le acompañaba en esos paisajes donde una vez hubo dos almas, dos tonos de voz, dos maneras de pensar; donde uno se buscaba en el otro y lo real podía acariciarse con la yema de los dedos.

Y mucho tiempo después, en casa, encontró una postal. Le había acompañado mudanza tras mudanza sin darse cuenta, perdida entre otras baratijas. Sabía de quién era. Por delante una ilustración, por detrás una dedicatoria escrita a mano: lo único que la tecnología no le había podido arrebatar. Entonces en su mente brotaron las líneas, los colores, los olores; podía imaginar su voz y ver el azul de sus ojos, un azul verdoso como el agua de un oasis. Entendió por qué supuso un alivio en su desierto personal, por qué había calmado la sed de su existencia.

Reconfortado, volvió a guardar cuidadosamente la postal entre los trastos, como un tesoro. Aquel trozo de papel tenía más poder que todo lo almacenado en código binario. No habría suficiente silicio en el mundo para competir con algo tan trivial y delicado como ese rectángulo de celulosa.

Aquella noche posó su mejilla en la almohada, y en un profundo sueño consiguió ver las palmeras mecidas por el viento. Allí, en su memoria.

Imagen: Rawpixel. Obra de Oswald de Kerchove (1878)

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