A veces me resulta difícil hablar de Coldplay porque da la sensación de que hay dos bandas distintas. Su material en los últimos años ha mutado bastante y su estilo también, víctima del éxito comercial y el agotamiento de la fórmula que los vio crecer. Son lejanos aquellos días donde no daban repelús con su imagen sacada de un festival Holi… porque lo cierto es que ya pasaron más de 20 años desde su debut. A principios del nuevo milenio para mí fue una banda que salvó la primera mitad de los 2000, un grupo alternativo que con buena música se ganaba el respeto y los primeros puestos de las listas de éxitos.

Siempre escuché música bastante a mi rollo, aunque era inevitable quedar prendado de sus notas melancólicas y evocadoras. Conseguían captar mi atención con cada tema que sonaba en la radio y los programas de videoclips. Cuando puse internet en casa no dudé en descargarme su discografía hasta aquel entonces, compuesta por 3 álbumes que marcaron una época: Parachutes (2000), A Rush of Blood to the Head (2002) y X&Y (2005).
Creo que en muchos sentidos fue el sonido de mi adolescencia tardía y escucharlos me devuelve a esos momentos, a entrañables recuerdos: cuando los ponía después de salir de mi primer trabajo, cuando estaban de fondo mientras aprendía sobre Linux o veía los Fotolog de mis amigos, cuando me acompañaban en mis paseos en coche. Un ambiente perfecto para esa juventud donde estaba descubriendo cosas de la vida y planteándome el mundo. Ay, esa morriña… Si es que me encanta la música profunda, qué le voy hacer.
Esa primera trilogía tiene una calidad fantástica y a día de hoy sigue siendo brutal. El éxito de Coldplay no se entiende con sus actuales megaconciertos sino con estos discos que cosecharon una acogida unánime con el beneplácito de crítica y público. Eran una demostración del buen gusto que seguía brotando del Reino Unido. ¿Cuál podría ser el mejor?
Parachutes (2000)
Desplegando los paracaídas Coldplay aterrizaba en nuestras vidas con su primer álbum, quizás el más querido de todos. Sencillo e inocente, con suaves guitarras y un tímido piano acompañando esas letras entonadas con falsetes, este delicado subproducto del britpop conquistó los oídos de una generación.

Todos recordamos las preciosas Don’t Panic, Sparks, Yellow o Parachutes, pero es que toda la colección merece la pena. En mis adentros mantengo un extraño affair con Spies, High Speed o la profunda We Never Change.
Un disco que siempre triunfa; hay que reconocer que es probablemente su mejor trabajo. Su frescura es una baza a favor, un compañero perfecto de la tranquilidad e introspección que desprende. Cada vez que lo escucho me parece que es como el buen vino, que cada año que pasa sigue perfeccionando su sabor. En fin, un excelente comienzo de carrera.
A Rush of Blood to the Head (2002)
Esta fantástica portada y su contenido devoró innumerables horas de mi atención. A pesar del estridente comienzo con Politik —de la que sólo salvo la parte final— lo considero mi álbum favorito de ellos, o al menos al que guardo un importante cariño. Banda sonora de mis amores y desamores juveniles, fue el primero que compré en vinilo sin dudar. Quizás mi placer personal en eso de enfundarme la piel cursi de vez en cuando, a mucha honra.

La gente lo recuerda por preciosidades como In My Place, The Scientist o Clocks, pero sin desmerecerlas yo lo recuerdo más por Green Eyes, Warning Sign o Amsterdam. Su mayor presencia de piano y calidad de grabación lo vuelve tan elegante como sofisticado: Coldplay estuvo a la altura de las expectativas para aquellos introspectivos momentos en los que perderse. Ya fuera en la soledad de mi cuarto, en un día de lluvia o viendo un atardecer sentado en el coche, hacía vibrar algo de difícil descripción. Quizás por esos detalles se quedó en mi memoria.
X&Y (2005)
De nuevo con una maravillosa portada Coldplay presentaba la siguiente evolución en su sonido. Apalancándose en la calidad de su anterior trabajo sacaron este último gran álbum antes de su zambullida en lo cool y ambientes electrónicos. Un sonido ligeramente endurecido y arreglado era el envoltorio para una colección de canciones más adultas. Ya le tenían pillado el truco a su inconfundible estilo y nos regalaban el que para mí fue su final como banda de culto.

A veces parece un dèjá vu del anterior pero con algo más, quizás un toque optimista en esas letras tan bonitas de las que podían presumir. ¿Quién puede olvidar la sentimental Fix You, la melodía de Talk —sacada de Computer Love de Kraftwerk— o el piano rock de The Hardest Part con su original videoclip? ¿A quién no enamoraría los riffs de Square One, la esperanzadora A Message o la reflexiva Low?
Esa mayor presencia de color en su música estaba bien representada por su diseño artístico, y supuso el punto final de la primera etapa de su carrera. Volverían más tarde con otras propuestas, sí, pero ninguna como sus comienzos donde aportaban ese equilibrio y artesanía.
Aunque se adentraron en sonidos más sintéticos a día de hoy para mí es una banda comida por la industria y las pocas ganas de tocar. Ahora su objetivo parece ser los jovencitos deseosos de gastarse dinero en macrofestivales y conciertos para subir las fotos a Instagram. No son ni la sombra de lo que un día fueron, más allá de los gustos personales de cada uno así como alguna que otra canción notable. Los seguidores de su época nos extrañamos que a día de hoy sean tan artificiales cuando, justamente, la naturalidad era su mejor carta.
Coldplay, quién te ha visto y quién te ve. Menos mal que siempre nos quedarán estas joyas con las que echar la vista atrás, y con los ojos vidriosos y el nudo en la garganta decir en bajito «hostia… qué grandes eran».