Eran las 3:35 de la madrugada y no tenía sueño. Allí tumbado en la cama rodeado de la oscuridad, smartphone en mano, sólo la luz de la pantalla alumbraba su cara. Deleitaba la vista en Instagram durante horas con los cuerpos, las fotos de viajes, los outfits. Qué guapos eran, qué bien vestían, qué bien vivían… Like, like, like. Scroll, scroll, scroll. ¿Qué se hicieron en la cara? Menuda piel tan tersa, seguro que el secreto estaba en el skin care. Fíjate que pantalón, qué Nikes, qué bolso de Louis Vuitton… todo salía perfecto.
Deseaba esa vida. Si todo el mundo la tenía, ¿por qué él no? Las redes no mentían. ¿Cómo podría ser, quién le quitaba ese derecho? ¿Por qué lo que hacía no era suficiente?
Apagó la pantalla, posó el teléfono en la mesilla y se quedó solo. Apagó la belleza, la perfección y lo virtual. Nadie le hablaba ni él mismo podía escucharse. La mente en negro y un vacío que le preguntaba cómo cambiar su vida. ¿Y si se apuntaba al gym? ¿O si hacía algún viaje a París? ¿Quizás adoptaría un perro?
Pero la oscuridad seguía en la habitación y en su cabeza. Los acúfenos le devoraban mientras no conseguía pegar ojo, mientras sus inquietudes echaban de menos una receta farmacéutica para aquella presión en el pecho, para ese agudo rumiar.
Caballero de química armadura
trae la paz, calma la amargura,
pues ni un «me gusta»
ni una triste visita
trae luz o vida justa
sin que la duda embista.
Oh, espejismo digital,
cuánta gente alrededor
no escapa del temor
sin su héroe: Orfidal.
cuanto daño hacen las redes sociales, triste realidad
Me gustaLe gusta a 1 persona