Hace tiempo que le doy vueltas a una serie de temas que, para mí, apuntan en la misma dirección y se mezclan de alguna forma. Nunca antes estuvimos tan rodeados de cámaras de seguridad, de seguimiento y de identificación. La lógica diría que, gracias a eso, deberíamos sentirnos más seguros que nunca… pero no lo parece. De hecho, intuyo que existen ciertas lagunas o aspectos que no me dan buena espina.

Sí, las herramientas de vigilancia y seguridad se han democratizado. Los precios son más asequibles, las instalaciones más sencillas, tenemos conexiones remotas, sistemas de verificación y servicios en la nube… pero, ¿realmente se usan para protegernos? Los argumentos tradicionales dirían que es un método de prevención, cuyo valor está en evitar posibles escenarios o, en caso de que se cometan, ayudar a resolverlos y penalizarlos. Pero la seguridad es una sensación difícilmente medible y muy personal. Por ejemplo, mis estándares son menores que los de una persona miedosa, y a su vez son mayores que los de alguien tolerante al riesgo. También existen dudas sobre cuánta seguridad es necesaria realmente y en qué escenarios. Pero, sobre todo, para mí la gran pregunta es cuándo es demasiada.
Por cada minuto grabado que resulta útil para evitar o resolver un caso, existen cientos o miles de horas que, a priori, no sirven para nada. El coste de la seguridad se salda con la privacidad y el control de un número elevado de personas inocentes. La balanza entre el riesgo y el beneficio empieza a estar descompensada, pero a nadie parece importarle.
Llevemos esa idea a un terreno cotidiano: el empleo. En los últimos meses me he fijado en que muchos centros de trabajo tienen cámaras. Teóricamente están para prevenir hurtos internos o problemas con clientes, y sobre el papel deben cumplir estándares de privacidad (como respetar ciertas ubicaciones o carecer de grabación de audio). Sin embargo, todos sabemos que, a menudo, en pequeñas y medianas empresas estos métodos se usan para el control y la presión del personal. En muchos casos, el interés deja de estar en la producción o en la seguridad para centrarse en el comportamiento del trabajador, dejando una sensación constante de estar vigilado, y coartando ciertas relaciones sociales y conversaciones por el camino.
Más allá de las cámaras
Cualquiera podría decir que los Estados o las empresas usan métodos de vigilancia maquiavélicos a su favor, pero lo cierto es que la propia sociedad es culpable, y vivimos en una especie de panóptico creciente. Muchos ojos controlando porciones cada vez más grandes de la realidad, también desde nuestros bolsillos. Un aspecto fundamental son los smartphones que llevamos casi las 24 horas, con posibilidad de fotografiar, grabar vídeo y audio, e incluso estar geolocalizados. Ese poder permite a cualquiera dejar constancia de cualquier movimiento. Si la justificación para ejercer vigilancia es convincente, entonces un número creciente de personas lo hará.
Respecto a eso, se me ocurren algunos ejemplos. El más sencillo es el de las redes sociales, donde ciertos grupos de gente con determinadas ideas fiscalizan a sus «contrarios» y viceversa. Aunque prefiero un caso muy concreto que condicionó la rutina de hace unos años: la crisis del COVID-19 en España.
Hoy en día apenas se reflexiona sobre la enorme presión social que la gente ejerció entre sí en aquel periodo. Visto con perspectiva, es lógico que hubiera dudas, inseguridades y miedos. La cuestión es que, en España, la vigilancia y los métodos altamente restrictivos no eran solo una cuestión del Gobierno: muchos vecinos y ciudadanos participaban como «policías de balcón». Había un montón de personas vigilando y denunciando a todo aquel que fuera sospechoso de una conducta inapropiada. El que fuera «cazado» en un renuncio a menudo era señalado como alguien que ayudaba a extender la enfermedad y la muerte, alguien carente de empatía por los demás. El juicio popular estaba servido, y no era precisamente discreto. No se tenía en cuenta contextos y variables; todo se reducía a categorías absolutas. Ninguno de esos «policías de vecindario» creía hacer algo incorrecto. El smartphone y las redes sociales simplemente fueron el feedback ideal.
Eso me hizo pensar que los modelos policiales y autocráticos más exitosos no dependen tanto de un puñado de figuras políticas, sino de la presión grupal. La gestión del miedo y la exclusión en una sociedad repercuten directamente en las acciones de la población, y a su vez en las diversas instituciones.
El espejismo de la seguridad
Pero todo lo que he contado hasta ahora no es lo único a tener en cuenta. La excusa de la seguridad se ha extendido a diversos ámbitos de la tecnología, como el reciente Chat Control europeo. En todos los casos, la vigilancia es tratada como un bien para lograr la protección de algo «valioso». La cuestión de fondo son las arbitrariedades y los muchos riesgos que surgen con dichas implementaciones. Permitir que nos vigilen porque «no somos el objetivo» no va a eliminar la delincuencia, ni los accidentes, ni las posibles brechas. Los delincuentes encontrarán nuevos métodos, pero todos estaremos metidos día tras día en una red de control constante, al margen del supuesto objetivo.
Los peligros existen. La seguridad es necesaria. La vigilancia y el control son aceptables en ciertas condiciones. Pero en una sociedad donde las barreras de la intimidad y la privacidad desaparecen debido a la tecnología, nos metemos en un panorama donde la vuelta atrás es cada vez más difícil. Todo es potencialmente supervisable, no solo por las «autoridades» sino por los propios ciudadanos. Pensar que una red de control tan extensa y potente es inocua es, sencillamente, dispararse en el pie.
No solo existe un riesgo de que los Estados usen estos métodos para colarse en nuestras vidas, sino que cualquiera puede hacerlo. En la calle, en el trabajo, en internet… Nunca sabes quién puede estar detrás, ni si va a usar esos métodos para intereses presentados como buenas intenciones. Precisamente, ese poder en manos de la gente corriente no es un escenario mejor, porque la presión social es un motor que puede manipular a los individuos. Da igual qué apariencias se mantengan, lo importante es cómo se actúa de facto. Al fin y al cabo, el efecto psicológico a menudo es más potente que la fuerza bruta.
NOTA AL MARGEN: el título del artículo está inspirado en ¡Es por tu bien, cariño!, el cuarto tomo del cómic de El Pequeño Spirou. En él se recopilan varios gags humorísticos sobre las ironías y contradicciones de las normas del mundo adulto.
Imagen: encontrada en Twitter y mejorada con Upscaler