El mundo de la tecnología está de enhorabuena. Concretamente Linux, que por estas fechas cumple 35 añazos, consolidándose junto a GNU como el proyecto de software libre más exitoso de la historia hasta el momento. De hecho, ambos casi no tendrían sentido el uno sin el otro, dando lugar a una simbiosis sin precedentes que dominaría el backstage de internet y mucha informática de consumo. Los usuarios de este sistema operativo lo hemos visto crecer y madurar hasta hoy, y en cierto aspecto seguro que no soy el único al que le provoca un cierto sentimiento de orgullo.

La historia de sus inicios es bastante conocida. El 25 de agosto de 1991, un joven estudiante de la Universidad de Helsinki (Finlandia) publicó un mensaje interesante en Usenet. En él decía que estaba creando un pequeño SO inspirado en Minix, listo para funcionar en máquinas 386 de la época, y pedía feedback a los usuarios del propio Minix para saber qué funciones gustaban y cuáles no. El autor de dicho mensaje era Linus Torvalds, de 21 años, quien aseguraba que era un hobby exento de pretensiones. Sin embargo, todo eso fue muy bien recibido, y el seguimiento del proyecto empezó a dar sus frutos.
Pero la historia empezó a volverse grande apenas un mes después. El 17 de septiembre se subió la versión 0.01 a un servidor FTP propiedad del administrador Ari Lemmke, quien había animado a Torvalds a compartirlo públicamente. Lemmke nombró como «Linux» la carpeta que contenía el código, un nombre que no estaba planeado, y ahí empezó todo.
Haciendo una retrospectiva, es curioso cómo se desarrollaron los acontecimientos, pero también cómo acabó todo. Al igual que Richard Stallman había hecho con GNU, Torvalds creó su kernel al sentirse limitado por los sistemas tipo UNIX de la época, en concreto con el citado Minix. Su admiración por el proyecto de Stallman —aun con sus diferencias— le llevó a adoptar la licencia GPL en 1992, algo que definió como «la mejor decisión posible». El destino de Linux estaba unido al del propio GNU, proporcionando el kernel necesario para todo un ecosistema de herramientas libres que eran compatibles entre sí. Había nacido el clon tipo UNIX más popular.
Casi de forma natural, y al calor de ese núcleo, se crearon múltiples proyectos, fundaciones, empresas, entornos de escritorio y programas que dieron como resultado el Linux que conocemos hoy. O como muchos prefieren llamarlo, GNU/Linux —nombre con el que, personalmente, no estoy muy de acuerdo, a pesar de que es justo acreditar la importancia de GNU—. Incluso el propio Torvalds consiguió ganarse la vida con lo que empezó siendo un hobby.
Linux es el sistema operativo más usado en servidores, tiene una gran importancia empresarial y sustenta muchos productos de consumo en segundo plano. Incluso hoy en día se postula como una revolución en el gaming. Quienes llevamos 20 años usándolo en nuestros PCs hemos contemplado su ascenso y maduración, dándole un sentido inmenso a la fe que le tuvimos cuando lo descubrimos. Era una gran idea y la sigue siendo.
Rompió todas las barreras del mercado del software, y fue pionero en adoptar el desarrollo en red. Su compleja telaraña une a todo tipo de personas, usuarios y entidades; muchas de las empresas tecnológicas más importantes son mecenas directos, y demostró que el software libre (e incluso gratuito) podía otorgar ganancias con la venta de soporte técnico. Y, a juzgar por cómo evolucionan las cosas, estamos lejos de ver la cima de su adopción, ya que sigue conquistando terreno.
En mi caso particular, es satisfactorio haber creído en algo así. Es satisfactorio haber sido testigo de su crecimiento durante dos décadas, con todas las bondades que supuso. Hizo mi vida informática más fácil, más segura, más libre y más económica. Me ha permitido aprender, involucrarme en comunidades de usuarios y entender la tecnología que me rodea. Creo que, en ese aspecto, jamás podré estarle suficientemente agradecido.
Felicidades, querido pingüino. Espero verte crecer 35 años más.
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