Videojuegos míticos y queridos hay muchos, pero pocos sobreviven como es debido al paso de los años. La temática, los gráficos o la jugabilidad son elementos susceptibles a cambios en la aceptación popular. Aunque debemos valorar el contexto de la época, sólo un puñado de ellos consiguen ganarle la batalla al tiempo, de tal forma que siempre se notan frescos y actuales. Para más inri, también es difícil calar en el público cuando la ambientación se basa en clichés culturales muy trillados: ocultismo, vampiros, ambientación medieval, demonios… No es sencillo sacar algo memorable a partir de una idea popular recurrente, aunque obras como Diablo II lo consiguen. En este caso no solo hace que esa temática sea interesante, sino que la adereza con una jugabilidad a prueba de bombas.

Diablo II es, a mi juicio, uno de los videojuegos más perfectos de la historia. Demuestra que las segundas partes pueden ser mejores que las primeras, y pule la base de su predecesor sin perder esa esencia característica, volviéndola más ágil. Su carácter y jugabilidad son tan buenos que aun a día de hoy mantiene una legión enorme de fans. Diablo II es como el Final Fantasy VII de Blizzard, y ellos lo saben. Todos lo sabemos, por eso era tan difícil —social y mercantilmente hablando— tocarlo sin cometer sacrilegios o polémicas, por eso Blizzard hizo tantos esfuerzos en Diablo IV, intentó volver a esa propuesta aunque los estándares actuales de la industria no le favorecen. Diablo II junto con su expansión (Lord of Destruction) es omnipotente y omnipresente en la saga. Es la saga en sí misma, y la celebrada remasterización de 2021 fue fiel hasta la médula.
El cielo del infierno
La temática de los demonios y el infierno, sobada durante años, aquí adquiere un tinte serio y siniestro. Macabro y oscuro, con sonoridad profunda y héroes enigmáticos de dudoso honor, todo para soportar un viaje en busca de los demonios supremos y abrirse paso entre el terror. Solo alguien entrenado en el arte de matar y dispuesto a todo es capaz de combatir una violencia mucho más grande. La historia es sencilla pero bien narrada, de fácil comprensión, sin resultar vulgar o recaer en moralismos sobre el bien y el mal. ¿Acaso nuestros héroes encarnan realmente dicho “bien”? ¿Una asesina, un nigromante o un bárbaro son ejemplos de rectitud, moral y justicia? Esa ambigüedad me resulta especialmente atractiva aquí; el heroísmo no procede de un individuo inmaculado, sino de alguien con facetas oscuras cuyas acciones provocan una heroicidad. Aquí el fin justifica los medios, o más bien: a todos nos une un enemigo común que amenaza nuestro mundo.
Los gráficos de Diablo II en general han aguantado bien el tiempo. La mezcla de buenos modelos pre-renderizados con esa vista isométrica lo ha hecho atemporal; tiene un diseño clásico y funcional que encaja perfectamente en el género. Y hablando de su género, Diablo mezcló varios conceptos jugables con mucho estilo. Ingredientes de roguelike, hack’n slash y RPG de acción, todos juntos hacen que sea un ejemplo de mecánica híbrida atractiva.
Si lo pensamos detenidamente, Diablo II tiene un gameplay bastante repetitivo, aunque se hace ameno gracias a los mapas aleatorios, los árboles de habilidades, los coleccionables, los objetos únicos, los niveles de dificultad cada vez más elevados, el multijugador cooperativo… Tuvo muchas características populares a día de hoy (¡ay!, esas reclamadas “nueva partida +”), consiguiendo sobrevivir a las modas… o adelantándose a ellas.
Ciertamente, el Diablo II original estará ahí siempre, y aún se espera su llegada a las plataformas digitales como GOG —donde está disponible su primera entrega—, pero tenemos la genial remasterización que respeta prácticamente al 100% la experiencia de aquellos años 2000. Creo que en este caso no es cuestión de nostalgia, sino de listones. Diablo II ha demostrado tenerlo muy alto, consiguió la fórmula para hacer un juego excelente, tanto que a día de hoy seguimos hablando de él con admiración. Eso sí que fue entrar por la puerta grande en el olimpo y la historia de los videojuegos.
2021: Resurrección
Había pocas esperanzas de ver un remaster, porque Blizzard aseguraba que se habían perdido parte de los archivos del desarrollo y el código fuente. Sin embargo, para nuestra sorpresa, en 2021 se hizo realidad. Diablo II: Resurrected nos permitió revivir la experiencia con mejores gráficos, conservando los preciosos mapeados, la extraordinaria música que erizaba los pelos, así como las voces originales que ya se grabaron a fuego en nuestros recuerdos. Otra vez nos metimos de lleno en aquel mundo de Santuario, con texturas en alta definición que fueron (y siguen siendo) un placer para la vista.
Con esta inesperada versión muchos volvimos a ser aquellos chavales de los 2000 viciados hasta las trancas. Yo no dudé ni un segundo en comprarlo y ponerme a sus mandos, esta vez en Play Station 4 y luego en Xbox Series S. Aunque había algunos retoques y pequeños cambios en la traducción —los hechizos se renombraron a «dijes»—, la experiencia seguía siendo sublime. Casi no hizo falta tocar nada, aquel juego que tenía 20 años a sus espaldas seguía siendo original y divertido.
A pesar de los esfuerzos por acercar Diablo IV a esta segunda entrega, a día de hoy no ha sido superada. Incluso cualquier clónico de esta saga lo imita, siendo una prueba más que suficiente de su calidad y buen hacer.
Este artículo es una versión mejorada y actualizada del original que publiqué en HyperHype el 12 de septiembre de 2020.
Mi juego favorito de toda una vida.
Es al que le he echado más horas, sin duda.
Pero conmigo, que no cuenten.
Al menos mientras necesite internet, aunque sea una vez al mes, para poder funcionar.
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No recuerdo si el remaster necesita conexión permanente, y de ser así desde luego fue un paso atrás como el resto de la industria.
Aunque también digo que no me pareció intrusivo. Al menos no tanto como otros.
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