En el futuro próximo redes corporativas llegan a las estrellas. Los electrones y la luz fluyen por todo el universo. No obstante los adelantos de la informática aún no han acabado con las naciones y los grupos étnicos.
Ghost in the Shell (1995) supone la tercera película de mi particular tríada de la fascinación futurista —junto con Total Recall y Blade Runner, que ya escribí sobre ellas—. Tres títulos que en mi vida van interconectados y que inevitablemente guardo como obras conjuntas, pues sucesivamente exploran la naturaleza y el alma humanas en su relación con la tecnología. Este anime de Mamoru Oshii, basado en el manga de Masamune Shirow, es una obra redonda y para mi gusto el máximo exponente de la ciencia ficción japonesa. Pertenece al subgénero del cyberpunk y no podríamos hablar de él, justamente, sin la enorme influencia del país nipón, sus avances, su arquitectura e incluso su economía corporativista.

Esta peli me encantó desde el primer minuto, pues sentí que ese atractivo de Total Recall y Blade Runner corría por sus venas. Mi cabeza las relacionó rápidamente en una especie de conclusión donde me daba lo mejor de cada una, vestida con una alucinante animación llena de preciosos colores y una banda sonora memorable compuesta por Kenji Kawai. El doblaje original al castellano también era fantástico con unas voces muy bien escogidas.
En ella se muestra informática, redes, tiroteos, sangre, violencia gráfica, hackers, desnudos, androides, corporaciones, espionaje… ¿Podía ser más perfecta? ¿Cómo no iba a establecer una relación con las otras dos películas sci-fi que más me habían marcado? Sentía que el círculo se cerraba, que saciaría las inquietudes que arrastraba desde mi juventud. Tras su aspecto de intrincado thriller policíaco se esconde una fábula sobre nosotros y la (des)humanización a través de la tecnología. También juega con la idea de la singularidad 30 años antes de la explosión de Internet y las inteligencias artificiales, convirtiéndola en algo muy avanzado para su tiempo y una fuerte influencia para Matrix (1999).
Al igual que las otras películas anteriormente nombradas profundiza en algo muy humano: ¿qué nos hace ser nosotros mismos? ¿La vida es algo más que la información almacenada en nuestro cerebro? ¿Nuestra existencia está condenada a ser corpórea, o justamente estar anclados a un cuerpo es la salvación? Valiéndose de los avances de la informática Ghost in the Shell plantea un mundo donde la gente podría expandir sus cualidades mediante implantes cibernéticos, donde podría conectar sus mentes a una Red global… y donde existiría el peligro de ser hackeados en lo más profundo de nuestro ser.
Esto traía al anime y la cosmovisión japonesa un estilo que William Gibson había iniciado con su Neuromante de 1984, el pistoletazo de salida oficial para el cyberpunk. En dicho libro no planteaba cosas tan profundas pero sí que asomaban las ideas primigenias que desarrollaría tan apasionante género más adelante. Sin embargo la profundidad filosófica de Japón lo llevó al siguiente nivel, convirtiéndolo en el escenario especulativo perfecto acerca de los peligros de la digitalización avanzada.
Pero es que también hay que destacar el apartado estético. A lo largo del film nos podemos deleitar con buenos diseños y secuencias tan alucinantes como el mítico opening, la pelea sobre el agua, los planos mudos de la ciudad o la visceral batalla final contra el tanque. El contraste entre los silencios, los diálogos filosóficos y las conversaciones que hacen avanzar la trama moldea una obra muy variada, donde el ritmo se acelera o se ralentiza para transmitirnos las sensaciones adecuadas. Su dibujo y animación me parecen una preciosidad, un ejemplo perfecto del nivel del anime en sus años dorados.

«La especialización excesiva aumenta la debilidad. Es una muerte lenta»
Me gusta que Ghost in the Shell incorpore gran cantidad de detalles que ofrecen contraste entre lo humano y lo artificial, lo perfecto y lo imperfecto, lo eterno y lo perecedero, lo verdadero y lo falso. Por ejemplo Togusa es el personaje secundario que menos implantes tiene en su cuerpo, e incluso sigue usando un viejo revolver al que destaca por su fiabilidad. Esto le confiere un alto valor en el equipo, pues aprecian en él una pureza humana en peligro de extinción, una especie de «instinto imprevisible» difícilmente replicable por las máquinas. También lo convierte en el miembro con menos posibilidades de ser hackeado, y por tanto paradójicamente es el eslabón más fuerte ante situaciones como esa. Que sea padre de familia conecta con la idea de que toda forma de vida busca perpetuarse, aspecto que se explora más adelante.
En contraposición tenemos a la solitaria Mayor Kusanagi —protagonista de esta historia—, un cyborg perfecto al que le asaltan dudas acerca de su humanidad. ¿Es suficiente con tener un espíritu si todo lo demás es artificial? ¿Qué te hace ser tú mismo si eres fabricado? ¿Cuál es tu esencia? ¿El espíritu también puede replicarse? El completo entendimiento de su naturaleza asalta a Kusanagui con todo tipo de ideas existenciales sobre el ser y la esencia, y cómo ésta podría cambiar y expandirse cuando no depende de un medio físico. La búsqueda de significado desde el nihilismo la hace, justamente, muy humana. Desprende cierto halo de tristeza y miedo ante la idea de que esencialmente no sea nadie, sólo una ilusión creada por unos y ceros en un cerebro artificial.
Batou, en cambio, despierta simpatía. Un hombre pragmático acerca de sus habilidades aumentadas, profundo pero bastante claro en sus ideas, que conserva intacta su humanidad a pesar de los implantes. Aunque también tiene una personalidad solitaria muestra su faceta empática, comprensiva y comprometida, siendo quizás el más equilibrado de todos los personajes y el que de alguna forma toma el rol del espectador. Es el que seguirá de cerca las cavilaciones que harán evolucionar a Kusanagui a lo largo del film.
«La Humanidad ha subestimado las consecuencias de la informatización»
Pero es sin duda el Titiritero, el supuesto antagonista, quien nos guía por los múltiples razonamientos existenciales y cómo sacar de ellos la fuerza necesaria para seguir adelante, trazando nuestro propio camino hacia la trascendencia. Este personaje es la encarnación de una nueva forma de vida, surgida en lo profundo de la Red a partir de un programa de IA que ha tomado consciencia de sí mismo. Al principio fue concebido como un software de tipo defensivo, pero se volvió cada vez más independiente. Debido a la enorme cantidad de información que puede manejar, unido a sus habilidades, se convierte en un peligroso hacker internacional.
Al no poseer un cuerpo físico decide descargar su espíritu en un androide para ceñirse todo lo posible a lo que podemos esperar de una «forma de vida». Jugando esta carta pedirá asilo político con el fin de cesar las hostilidades hacia él y asegurar de algún modo su existencia, lo que destapa una rocambolesca trama de conspiraciones gubernamentales.
Como bien dice, si la ciencia y la filosofía no pueden dar respuestas a la existencia humana entonces esos mismos problemas aplicados a la consciencia artificial no serían diferentes: están al mismo nivel de complejidad. El ser y la esencia no tendrían que ver con la biología o la informática sino con la información almacenada a través de la experiencia, el instinto de autoconservación y la libertad de pensamiento.
Sin embargo le da un alto valor a la biología, ya que el Titiritero reflexiona sobre la reproducción y la muerte, rasgos de los que él carece pero sí definen a los seres vivos. La reproducción genera diversidad frente a las copias informáticas, y la muerte lleva consigo el final de un propósito de vida e incluso el autosacrificio por la especie. Estos conceptos, tan profundos que rozan lo espiritual, creo que definen de una vez por todas la esencia humana: las imperfecciones y lo finito delatan lo auténtico, cuyo ineludible destino forma el alma.
Aún así el Titiritero se muestra incompleto, pues la imposibilidad de crear diversidad en sus copias lo vuelve frágil, y el hecho de no poder morir o sacrificarse le atormenta. Simboliza que el espíritu piensa más allá de sí mismo y es consciente del mundo, intuye sus debilidades y desea tener un legado. En cierto sentido no es diferente a lo que el ser humano proyectó con la religión y el más allá, ámbitos donde el alma es una pieza fundamental… y hay que decir que la banda sonora de Ghost in the Shell contiene cánticos religiosos deliberadamente.
Me encanta el detalle de que se le represente con un cuerpo de mujer pero su voz sea la de un hombre, impresionando con su puesta en escena y rompiendo la idea del sexo o la definición para centrarse en el «sí mismo, por sí mismo».

«La Red es vasta e infinita»
Finalmente el Titiritero seduce a Kusanagui para fundir sus conciencias en la Red, generando con ello un nuevo ser que no tenga límites ni barreras. No es una copia de sí mismo sino algo diferente, variado. Similar a un hijo. Algo morirá y algo nacerá de esa unión, un espíritu dentro del mar de la información que de algún modo es omnipotente y omnipresente pero que no le mueve ni el poder ni la maldad, sino la vida en sí misma. Algo nuevo y avanzado lejos de nuestra comprensión y que sólo ellos, renacidos en un nuevo ser, serán capaces de admirar.
Ghost in the Shell da forma a una red de información interconectada que definiría a la sociedad, abriendo las puertas al conocimiento infinito, la acumulación de experiencia y quizás, consecuentemente, el caldo de cultivo para la consciencia. Si una inteligencia artificial se topase con semejante cantidad de conocimiento, ¿podría prender la chispa de la vida? ¿Acaso no somos conscientes de nosotros mismos cuando podemos definirnos en base a unos recuerdos, una información y un legado?
En 2017 saldría al mercado una película live action que me parece mediocre. Este film protagonizado por Scarlett Johansson apenas tiene la profundidad de la original, pero hay que admitir que visualmente es una gozada. Por otro lado tenemos las series de anime, siendo Ghost in the Shell: Stand Alone Complex la primera surgida a principios de los 2000, y que adapta todo el manga con un estilo más serio intercalando tramas de la película de 1995. Esta serie sí que es muy recomendable de ver.
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