Geek en tierra extraña

Ser amante de la tecnología a día de hoy me resulta contradictorio. Ya no hay contraste porque la hemos normalizado, y el mundo digital es mucho más complejo que el analógico: sus componentes son más pequeños, más intrincados, interdependientes, incomprensibles en cierto sentido para muchos. El software, pilar básico de este periodo, sufre el mismo camino de complejidad. Esto nos llevará a cierta indiferencia sobre la tecnología que domina la rutina del siglo XXI. Internet no es una excepción.

Hace unos años podíamos estar expectantes ante cualquier novedad y ver hacia dónde llegaba cada ocurrencia. Ahora estamos en un punto de homogeneidad donde todo es muy similar en diseño, donde todo (o casi todo) exige una cuenta personal y una trazabilidad de tus datos. Todo parece relativamente estable a cambio de pocas novedades visibles; nadie se atreve con algo disruptivo, específico o que vaya contra el status quo… Si lo pensamos bien, desde el desembarco del iPhone en 2007 y la llamada «era post-PC», la tecnología ha acelerado ese camino como servicio en la nube y así seguimos casi dos décadas después.

Quizás por eso la IA ha irrumpido con tanto estruendo: porque es una sorpresa, tan avanzada que parece magia tal y como decía Arthur C. Clarke, y, sobre todo, porque es una verdadera novedad. Después de muchos años algo consigue llamar nuestra atención colectivamente e intuimos que van a cambiar muchas cosas. Se anuncia una nueva era, una realidad donde lo digital ya aspira a ser omnipresente y además omnipotente.


Nada que ver con la tecnología analógica la cual era estanca, operaba de manera independiente, solía hacer una cosa a la vez, no requería software, sus circuitos podían ser más fácilmente entendibles, etc. Incluso los primeros productos digitales eran autónomos: las consolas no tenían actualizaciones ni cuentas de usuario, casi nada se conectaba a internet, nada rastreaba tu comportamiento —sería considerado como lo que es: spyware— y algunas bondades más. Eran herramientas concretas que duraban años tal cual, sin nada que las alterase más allá del desgaste. Parece que se nos ha olvidado, que es una quimera.

Ahora un geek auténtico, un verdadero amante de la tecnología, no sólo debe gustarle ese ámbito sino que debe ser crítico. Debe decidir más que nunca si algo es útil, si simplifica las cosas o por el contrario hay algo raro en su funcionamiento. A día de hoy ser geek no supone querer amontonar tecnología por gusto, sino ser tremendamente selectivo para no acabar sepultado entre gadgets que condicionen nuestra vida. Supone aprender de la historia reciente para conocer de dónde venimos y cómo vivíamos hace pocos años sin tanto artificio.

Yo soy uno de esos, un geek clásico que mira con cierto recelo la tecnología. Ya no es un elemento optimista como lo era antes de la hiperconexión, ahora a veces se vuelve contra ti: la que no te espía te mantiene atento a un enchufe, la que no te complica las cosas te mete en un jardín vallado al que tolerar ciertas chanchulladas. Nadie escapa porque somos hijos de nuestro tiempo y nuestra sociedad, no podemos pretender estar totalmente fuera de lo que nos rodea… o sí, pero habría que afrontar los retos y las consecuencias.

Soy un geek en tierra extraña. Para mí ha llegado ese momento donde la ciencia ficción cuestionaba cosas, ha llegado el principio de todo lo que esos pensadores imaginaron sobre la tecnología y su relación con el ser humano. Intentar comprenderla en profundidad es como saber técnicas de supervivencia en la naturaleza: ya es parte del entorno, nociva y salvadora a partes iguales, salvaje, casi indomable. Hay que adaptarse.

Quizás todos los males de la tecnología actual y futura ya estaban contemplados en páginas de papel, en relatos que un día fueron considerados cuentos fantásticos para niños. Y esos niños, al igual que las tecnologías, llegaron a la adultez. Definitivamente ya no son simples historias, son algo más. Hemos llegado a ese punto.


El título del artículo está inspirado en el libro Forastero en tierra extraña, de Robert Heinlein. El autor, de marcado carácter liberal-conservador, fue irónicamente un icono de la contracultura gracias a esa obra.

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Imagen: Rawpixel / Dominio público

13 comentarios en “Geek en tierra extraña”

  1. Muy de acuerdo. Sin ganas de parecer que mire al resto por encima del hombro, mis amigos y conocidos no-geek son los que ahora se emocionan con lo que antaño hubiera sido territorio nuestro, como con gadgets, videojuegos o películas que ahora son mainstream 100%. Yo me veo cada vez más a menudo salvaguardando mi capacidad de atención y de dedicación. Suspiro cuando me dicen que por qué no he visto tal o por qué tengo un PC de hace 12 años, con lo friki que soy yo!

    Mirando mi backlog de juegos en steam como si abriese la nevera, para un minuto después cerrarla sin haber cogido nada. A veces creo que me da un poco de miedo probar lo nuevo y vuelvo a lo antiguo y nostálgico, que es reconfortante, pero tampoco creo que sea buena esa actitud porque te pierdes muchas cosas en el camino. Pero también hay tanta abundancia, que los que somos un poco obsesivos y complecionistas no nos resulta mentalmente sano abrirnos a todo y querer abarcar todo.

    Si echo la mirada 20 años atrás siento como si nos hubieran engañado con el futuro que sería y que no ha llegado. Y no sé muy bien a quién o qué culpar: ¿la codicia y avaricia capitalista? ¿las ilusiones no realistas del pasado? ¿la normalización de la tecnología y la complacencia de que vivimos bastante cómodos?

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    1. La verdad es que has clavado bastante bien lo que siento y creo que es compartido por muchos.

      En eso de permanecer en lo retro creo que hay un componente lógico-emocional: nos gusta tanto aquellos tiempos y tenemos tanto material sin descubrir que es suficiente. Apenas avanzamos porque hay mucho que no hemos probado, y en mi caso creo que invirtiendo tiempo en lo más contemporáneo realmente me pierdo lo mejor.

      Me resulta más estimulante todo el background cultural y tecnológico, más que el propio resultado. El camino era mejor que el final. Sí, ahora tenemos más cosas y hemos llegado a un punto muy alto… ¿Y? La mayoría no tiene alma o es una copia de una copia. Pocas se salvan para mi gusto.

      Lo de antaño tenía un componente artesanal que la producción en masa de ahora ha barrido. Y al menos yo le doy mucho valor. Puede que sea una tontería pero es lo que me mueve a rescatar lo de antes, es más «humano». Y como abunda y me falta tanto por probar escojo ese camino.

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    2. Esto es todo un tema.
      Estoy volviendo a los juegos de hace 10, 20 o 30 años, intentando no sentir culpa por todo lo ‘nuevo’ que surge de forma acelerada.
      En el fondo las historias son parecidas. «Empieza en el campo y derrota a Dios». Aunque a veces hay mecánicas innovadoras, historias sorprendentes. Vemos a la creatividad humana al servicio de nuestro asombro, lo cual frecuentemente es bueno. Ejercitar nuestro asombro por las cosas simples, y el bloqueo emocional a cosas que no nos convienen como el hiper-consumismo y las presiones externas por la hiper-productividad.

      Estos no son temas nuevos. Cada generación ha sufrido cosas similares. Que crisis, qué problemas de identidad. Carencia de unos recursos, exceso de otros.
      Estar en el mejor estado de la humanidad, y al mismo tiempo el peor.
      Aunque nada de eso impacta tanto hasta que te pasa a ti, lo que lo hace más interesante de vivir.

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  2. Siempre me ha gustado la tecnología, y la literatura. Considero que jamás se equivocaron en el género distópico del cyberpunk, pues el futuro es cyberpunk. Varias autores con distintas realidades nos plasmaron diferentes futuros más oscuros unos que otros. Ciertamente nos esta llegando la era y debemos ser críticos en cuanto a esto, ya que los que están decidiendo cómo será el futuro y nuestra relación con la tecnología son las grandes compañías multimillonarias, incrustando sus ideas mercantiles en cuantos dispositivos debemos tener en el hogar.Que nunca falte la crítica ante todo. Me gusto la publicación, saludos.

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