Según el mito de la antigua Grecia, Narciso fue un joven que tras ver su reflejo en el agua quedó embelesado por sí mismo. Su obsesión lo llevaría finalmente a arrojarse al estanque que inició su desgracia, naciendo con ello la flor que lleva su nombre y también la actitud (o trastorno) que campa a sus anchas siglos después. Hace poco salió a la luz el primer estudio que demuestra la correlación entre las redes sociales y el aumento de problemas mentales así como los suicidios, especialmente entre la población joven. Creo que para sorpresa de nadie, aunque el fenómeno era tan nuevo que existía la dificultad para relacionar con datos sólidos paralelismos entre ambas cuestiones, que los más avispados olían a kilómetros.

Muchos servicios del internet actual están centralizados y movidos por algoritmos de personalización, siendo especialmente las redes sociales propensas a estas prácticas que en principio no tenían mala fe. La idea es sencilla: una operación que, aprendiendo de los metadatos sobre el contenido que consumes, te arroja resultados similares que podrían ser de tu agrado. Como herramienta para descubir asuntos relacionados es muy interesante, pero cuanto más tiempo estemos en esas plataformas más inflaremos la reputación y las arcas de necogios como Instagram, Tinder, Twitter, YouTube o TikTok. Aunque parémonos a pensar un momento: si nos arrojan resultados que nos atraen, ¿acaso no podrían arrojarnos contenidos que poco a poco van minando nuestra moral? La exposición constante a temas relacionados con el aspecto físico, la posición social, el estilo de vida o la búsqueda de parejas sexuales acaba volviéndose parte de unas rutinas que poco a poco incorporamos, plantando la semilla de comparaciones, deseos insatisfechos y metas que quizás nunca alcancemos.
La sociedad está lanzándose al estanque del s.XXI. La sobreexposición movida por esos algoritmos que reflejan nuestras obsesiones se convierte en un cuchillo de doble filo, revelando poco a poco cómo nadie está a salvo de caer en alguna trampa. Cómo de fácil es que nosotros mismos nos convirtamos en nuestro peor enemigo tomando decisiones libremente, y cómo sin una guía que nos ponga los pies en la tierra (moral, espiritual, intelectual, familiar…) pueden meternos en jardines que se hacen eternos. Podríamos pensar que la solución está en más psicólogos o algo así, pero también son parte de la sociedad influenciados por la dinámica del momento —Thomas Szasz ya escribía sobre eso en «La teología de la medicina» (1977)—. De hecho el estudio arroja que «curarse» de la desesperanza que las redes sociales provocan no es tan sencillo. Si nosotros las usábamos y nos hacían mal, podríamos alejarnos de ellas siempre y cuando nuestro grupo de referencia no las usase. Si por el contrario ese grupo también estaba embelesado por ellas, la sensación de soledad y de no encajar se acrecentaba en aquel que no las usaba.
[…] Me temo que tampoco a la de muchos otros, a raíz de cómo está el tema con la polarización y los rollos mentales de la gente. Que un ordenador en la mesa fuese la ventana que se conectaba al mundo lo hacía más físico, un […]
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[…] prácticamente todo el mundo, junto con su influencia. Ya traté vagamente el tema en el artículo «Algoritmos de doble filo», al que remito para no repetirme demasiado. Simplemente resaltar el hecho de que esa comodidad, […]
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[…] Algoritmos de doble filo […]
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[…] Parte de ese problema es causado por los algoritmos, ya que nos ofrecen contenido acorde a nuestras interacciones. Si algún tema es de nuestro especial interés, en nuestro timeline aparecerá todo lo relacionado que sea susceptible de tenernos enganchados o provocar una reacción. Este método es una parte integral de las redes comerciales, que buscan mantener usuarios activos para maximizar rendimientos económicos mediante publicidad. Ya hablé sobre eso en un artículo llamado Algoritmos de doble filo. […]
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